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Viernes , 14.12.2018 / 07:33 Hoy

Política Irremediable

El PRI contra el desprestigio

Román Revueltas Retes

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El ejercicio del poder entraña un gran desgaste de popularidad, sobre todo en estos tiempos de masivo descontento. No hablemos ya de las bajísimas cotas de aceptación que llegó a tener François Hollande hacia el final de su quinquenio como presidente de la Quinta República Francesa sino de que, ahora mismo, los números de su sucesor, así de carismático y bien plantado como parezca el personaje, han comenzado también a reflejar esa consustancial irritación que impregna el ánimo de los ciudadanos en nuestras sociedades.

Aquí en México, precisamente en el territorio donde el culto a la personalidad del “Señor Presidente” era uno de los rasgos más ostensibles de la vida pública en los tiempos del antiguo régimen, la figura de nuestro primer mandatario ha perdido casi totalmente el lustre que le consentían sus adoradores de antaño. No hay prácticamente manera de mencionar a Enrique Peña en cualquier conversación de sobremesa sin que, por poco que se te ocurra no denostarlo, te sea ofrecida una auténtica avalancha de críticas a su persona: al hombre se le acusa de todos los males habidos y por haber, se le endilgan yerros que no cometió, se le atribuyen responsabilidades en las que no tiene nada que ver, se le ridiculiza y se le ofende, se le descalifica sin ponderación alguna y, en fin, no sólo sus culpas son universales sino que se le niegan por completo méritos como haber impulsado reformas que van a transformar de fondo a este este país o haber logrado mejoras en el tema del empleo.

Muy bien, pero, entonces ¿de qué manera podrá intervenir el presidente de México, en su condición de “primer priista” de la nación, para ejercer una de las primerísimas potestades que conlleva su investidura partidista, a saber, la designación —a dedo y con esos poderes absolutos que resultan de los sempiternos usos del priismo— de su dignísimo sucesor? Enrique Peña, el desprestigiado, ¿será el encargado directo de bendecir y legitimar al candidato presidencial que habrá de presentarse ante los votantes como una esperanza y opción de futuro?

Y, caramba, no hablemos de lo demás: de Duarte, del socavón, del otro Duarte, de Borge… ¡Uf!

revueltas@mac.com

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