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Política Irremediable

2017-09-12

Román Revueltas Retes

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La corrupción desaforada que padecemos en este país (el artículo de ayer de Aguilar Camín, sobre una investigación realizada por Mexicanos contra la Corrupción y Animal Político, nos ofrece una asombrosa muestra de las tramas que son capaces de imaginar los politicastros y funcionarios de altos vuelos, coludidos con una casta empresarial igual de estafadora, para saquearnos impunemente a los ciudadanos que pagamos impuestos) tiene, más allá de sus derivaciones legales, un efecto tremendamente pernicioso para la vida de la nación: nos desmoraliza profundamente a los mexicanos.

El Estado moderno se edifica en torno a la confianza de los gobernados. Su legitimidad, aunque le pudiere venir de origen, no es una condición natural e inmutable sino que resulta de sus cumplimientos. Un Gobierno poblado de individuos inmorales y tramposos termina por mermar fatalmente la representatividad que los votantes han depositado en las instituciones. El principio del bien común, piedra fundamental de la vida en sociedad, se diluye entonces y en su lugar florece un individualismo tan descarnado como cínico. La moral pública no se alimenta ya de la ejemplaridad que debiera ofrecer el aparato público —custodio de las leyes, para mayores señas, y encargado de hacer justicia— sino que los valores morales se vuelven una mera opción personal no sujeta, encima, a sanción alguna: cuando los delegados oficiales del Estado, incrustados en el aparato gubernamental, son los primerísimos en delinquir, ¿qué esperanza podemos tener de que los tribunales dicten sentencias justas y de que los crímenes se resuelvan? No sólo eso: el ciudadano de a pie ya no se siente obligado a la decencia ni constreñido a cumplir con las ordenanzas. Creamos así un país progresivamente salvaje en su vida pública y crecientemente peligroso para sus pobladores.

De hecho, lo estamos viendo —y viviendo— todos los días: estamos rodeados de rateros, estafadores, asesinos, violadores, extorsionadores, secuestradores y traficantes de personas que operan a sus anchas, en esa estremecedora impunidad que la corrompida nación mexicana otorga, primeramente, a sus funcionarios canallas y luego, ya de refilón, a todos los otros miserables. ¿Hasta cuándo?

revueltas@mac.com

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