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Sábado , 26.05.2018 / 09:28 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

Víctimas inocentes y víctimas culpables

Román Revueltas Retes

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El sinsentido intrínseco de las cosas nos resulta tan inaceptable que, por lo general, necesitamos endosarle una culpabilidad a las víctimas de los acaecimientos más injustos, así fuere una contravención muy menor como la de que no hubieran debido desear divertirse en cierto momento o el pecadillo de quererdesentenderse de sus responsabilidades habituales en lugar de seguir incansablemente al mando del barco.

Recuerdo todavía los comentarios de algunos colegas cuando, siendo que la empresa nos proporcionaba un bus para transportarnos, un compañero murió en un accidente, conduciendo su coche para llegar al trabajo: en lugar de aceptar la inevitabilidad de una imprevisible y siniestra lotería en la que cualquiera de nosotros pudiera haber sido el elegido, lo responsabilizaron de tomar la decisión de ir por cuenta propia como si eso, un simple deseo de independencia y de volver más pronto a casa, fuera merecedor de una desgracia mortal.

Imaginemos, en este universo de presuntos pecadores que se buscan insensatamente sus propios castigos, la aparición del Dios implacable y cruel del Antiguo Testamento, ese mismo que destruyó ciudades enteras y que condenó sin mayores trámites a los pueblos que no profesaban la fe oficial del momento, tal y como hacen ahora los asesinos fanáticos de Musulmania: echaría Él un vistazo a las festividades paganas de los mexicanos en Semana Santa y, ciego de ira divina, arrasaría prácticamente con todo, con bares, hoteles, restaurantes, discotecas, teatros de variedades, comercios de licores, etcétera, etcétera, etcétera. Sería la gran punición que necesitarían unos fieles descarriados, dedicados a celebrar despreocupadamente al becerro de oro del entretenimiento —y haciendo funcionar, de paso, las cajas registradoras— en lugar de mostrar el recogimiento con que se debe conmemorar la Pasión de Jesucristo.

Pero, no. Los tiempos han cambiado y México no ha desaparecido como Gomorra. Tampoco merece ya la muerte, en condiciones normales, una mujer como la de Lot, que hubiera desobedecido las órdenes del Altísimo para volver la mirada hacia atrás y contemplar la destrucción de Sodoma, sino que las ciudadanas ejercen cada vez más las potestades que les otorga la modernidad, entre ellas, la de tomar decisiones que les conciernen exclusivamente.

Quienes sí se han aparecido en el escenario son, justamente, unos fundamentalistas islámicos que, en el acto de mayor soberbia que pueda imaginarse, se han arrogado una facultad que incumbe única y exclusivamente al Ser Supremo, a saber, la de quitar la vida a los seres humanos. Y el asombroso abuso de esta prerrogativa lo perpetran, además, en nombre de Alá, como si les hubiera sido conferida de manera directa, privilegiada y excepcional. ¿No es esto, si lo piensas, lo más absolutamente desmesurado, aparte de esperpéntico, que pudieran cometer individuos que, por otro lado, pretenden ser los más fieles y devotos practicantes de una de las religiones mayoritarias del planeta? ¿No tendrían que aparecerse, en el horizonte, otros extremistas, guardianes absolutos del dogma primigenio, para ponerlos en su lugar y decretar, a su vez, su exterminio, por haber osado suplantar a la mismísima divinidad?

Volviendo al tema de culpar a las víctimas —algo que, lo repito, se aparece como un primer impulso, una suerte de instinto defensivo cuando los individuos se enfrentan a la insondable realidad de la injusticia en el mundo— los extremistas musulmanes lo tienen totalmente claro: para empezar, cualquier sujeto que no practique su religión es ya un ser indigno; y, en el sistema de pensamiento que siguen, la inmensa mayoría de los usos que acostumbramos en Occidente son tan absolutamente pecaminosos que no hay problema alguno en que seamos asesinados por estar tomando una copa de vino en una terraza o por disfrutar un concierto de rock.

Pero, de pronto, ahí estamos también nosotros. Después de todo, somos los destinatarios de la violencia y los elegidos para la aniquilación. Resulta, sin embargo, que cualquier noción de culpabilidad nos resulta tan totalmente remota que, al final, nada más queda una cosa: el horror. El horror puro. El espanto absoluto de constatar la inocencia total de ese par de hermanas que decidieron pasar en fin de semana juntas en París, de la chica estadounidense —estudiante ejemplar— de padres mexicanos que se ilusionaban con su futuro, del muchacho que publicaba en Facebook la foto con su guitarra eléctrica y de todos esos seres indefensos, jóvenes en su mayoría, que vieron sus vidas truncadas por los disparos y las explosiones de los imbéciles islamistas.

El asesinato es siempre aterrador. Pero, las razones para matar significan diferencias colosales. Aquí, matan, entre otros, los delincuentes y las organizaciones criminales: los propósitos de los Guerreros Unidos nos quedan más o menos claros, como los del secuestrador infame que ejecuta a su víctima. Reventar una carga explosiva mientras bramas ¡Al•lahu-àkbar! es otra cosa. No puedo menos que reproducir las palabras de esa señora parisina que, con voz entrecortada, decía a las cámaras de la cadena France 2: "Amo la literatura, amo a los artistas, amo la vida... pero esto es una pesadilla".


revueltas@mac.com

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