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Miércoles , 26.09.2018 / 04:31 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

No votes hoy y deja que los demás decidan por ti

Román Revueltas Retes

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Uno pensaría que el voto, en sí mismo, es una prerrogativa irrenunciable. Después de todo, el hecho de acudir a las urnas otorga una suprema facultad a los ciudadanos: la de decidir, en un primer momento, quién diablos va a gobernar; y, en una segunda opción, la de castigar a aquellos responsables políticos que no hayan cumplido debidamente con su encomienda.

No es un asunto menor: a estas alturas, todavía, hay muchos países donde este derecho, que los mexicanos damos por sentado, no está siquiera garantizado por unos sistemas que, con un discurso mentiroso y unas excusas que aducen los intereses superiores de alguna causa obligadamente “revolucionaria” o “nacionalista”, suprimen abiertamente el derecho a votar por unas fuerzas de oposición que, en los hechos, ni siquiera existen porque predomina un régimen de “partido único”.

Hay también sistemas, como en Rusia, donde las fuerzas opositoras son acalladas por un sistema avasallador y abusivo que utiliza todos los recursos del Estado para silenciar cualquier manifestación de disidencia. De Venezuela, donde el aparato “bolivariano” impone una “verdad” oficial a todos los ciudadanos, ni hablamos.

Pero, curiosamente, ese derecho que tenemos aquí lo hemos convertido, algunos de nosotros, en una suerte de garantía suplementaria, a saber, la de “no votar”, ejerciéndola, encima, como una forma de protesta y una manera de mostrarle, al “sistema”, nuestra inconformidad y nuestro descontento. Y el ejercicio de esta facultad —que resulta, después de todo, de la manifestación de la soberanía individual— lo hemos convertido en un movimiento ciudadano al punto de que muchos activistas promueven, de plano, la abstención.

Ahora bien, se entendería el deliberado desentendimiento de los votantes en un sistema que atendiera debidamente todas las expresiones de desencanto y cuya receptividad a la crítica se tradujera en cambios concretos y palpables. Pero, por favor, aquí y ahora, en México, ¿se puede siquiera imaginar que a quienes detentan del poder les preocupa mínimamente que la ciudadanía exhiba su rechazo de una manera tan pasiva siendo que lo único que les preocupa es, justamente, mantener sus cuotas, conservar sus fueros y seguir mandando? A ellos, a los que ya están ahí, les interesa, antes que nada, el voto a favor. Y, en este sentido, quienes se abstienen están meramente cediendo un espacio a los otros, a los votantes que sí participan y que, las más de las veces, lo hacen porque la maquinaria de los partidos se pone en marcha para movilizarlos.

Es muy curioso que el sufragio de los ciudadanos presuntamente enterados y conscientes se trasmute en un abstencionismo que no hace más que perpetuar el mismo estado de cosas y premiar a los que, por esta misma razón, se sienten bendecidos por la generosa impunidad que les otorgan unos votantes que ni castigan ni exigen cuentas porque ni siquiera acuden a las urnas. Y, el hecho de que ese abstencionismo se haya convertido en una auténtica causa no deja de ser todavía más sorprendente: no se pide que rindan cuentas a los que han gobernado ni se les pasa factura. Simplemente, se les deja a su aire y a merced de sus clientelas tradicionales. Y, esta flagrante renuncia, por si fuera poco, es promovida como… ¡una forma de protesta ciudadana!

Digamos que “todos son iguales” y que ninguno merece la confianza que otorga el voto ciudadano. Muy bien, pero, más allá de que esta apreciación resulte de una muy grosera generalización, el voto de castigo sí es eficaz. Porque, señoras y señores, son tal vez “iguales”, en efecto, pero no son los mismos. Dicho de otra manera, algunos ganan y otros pierden. Y, con perdón, la experiencia de la derrota es, aparte de dolorosa, muy aleccionadora. ¿Nos privaremos de infligirla a los malos gobernantes? Ustedes dirán…

revueltas@mac.com

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