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Domingo , 27.05.2018 / 04:26 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

Enrique Peña está haciendo su tarea

Román Revueltas Retes

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Enrique Peña y su equipo afrontan una verdadera “tormenta perfecta”: el desplome de los precios del petróleo (por cierto, ya no se encuentran tan petrolizados los ingresos del Estado mexicano pero ese tercio de tributaciones que le ordeñan a doña Pemex sigue impactando fuertemente la salud de las arcas públicas), la subida del dólar (y no, no es una devaluación ni lejanamente parecida a las de antes, como bien apuntaba Manuel Somoza —un tipo que sabe de lo que habla— en su columna de ayer, sino el fortalecimiento global de una divisa que se ha revaluado, en mayor o menor medida, en relación a todas las demás monedas del mundo), la ralentización de la economía china, la correspondiente devaluación del yuan y, en general, el anémico desempeño económico de los países que compran nuestras exportaciones.

Estos atascos, en el terreno de los negocios. En el frente de guerra doméstico, el tema de la seguridad —que el Gobierno intentó, en un primer momento, eliminar pura y simplemente de la agenda pública— ha vuelto de manera tan avasalladora como ineludible: no hay ya manera de soslayar el hecho de que en este país se perpetran espantosas atrocidades y de que las organizaciones criminales son plenamente operativas. Justamente, circula la especie de que la fuga de El Chapo —un suceso que, en sí mismo, sería tremendamente embarazoso para cualquier administración y que significa un colosal desprestigio internacional— fue consentida, es un decir, por las autoridades para que el personaje se ocupe de neutralizar a los indomables bárbaros del cártel Jalisco Nueva Generación. Es muy poco probable que, en la posible estimación de costos y beneficios que pudieran hacer los operadores del Presidente al diseñar sus estrategias y líneas de acción, hubieran tomado una decisión tan esperpéntica pero el mero hecho de que circule un rumor así es una muestra de que el tema de la “guerra” —que tan desafortunadamente se manejó en el sexenio de Felipe Calderón y del cual, como decía, la actual administración pretendía distanciarse por completo— sigue teniendo una indiscutible presencia en nuestra vida pública. Y ahí está —aunque no figuren en los grandes titulares de la prensa acaecimientos tan absolutamente espeluznantes como el salvaje asesinato, en Ciudad Valles, San Luis Potosí, de la joven mujer a la que sus secuestradores arrojaron desde un puente luego de que su padre pagara el rescate— la otra inseguridad, esa realidad —hecha de extorsiones, robos y toda suerte de violencias— que los mexicanos de a pie afrontan todos los días y que, creo yo, está comenzando a comprometer seriamente el futuro mismo de este país.

Para completar el cuadro y teñirlo de sombrías tonalidades, el sempiterno asunto de esa pobreza que el Estado, a pesar de las ingentes cantidades de dinero que ha gastado en políticas sociales, no ha logrado reducir. No habría, aquí, absolución alguna y la sentencia sería tan demoledora como condenatoria aunque Enrique Peña, al igual que sus antecesores, haya meramente heredado el problema y que en tres años no se puedan remediar visiblemente las cosas. Sumen a esto las manifestaciones —crecientemente virulentas— de los grupos corporativos, los desórdenes públicos, los bloqueos y las acometidas de unos opositores desleales por principio, y tendrán ustedes un auténtico enredo nacional en el que, por si fuera poco, cualquier noticia positiva que se pueda apenas esbozar es tomada como un insulto.

Pero, ¿qué pasó? Si algo llegó a caracterizar el arranque del sexenio del Presidente de la República fue la percepción general de que, por fin, se iban a poder concretar las reformas que modernizarían a México y que lo lanzarían por la senda del bienestar. Peña Nieto aparecía como un transformador y un hombre con las capacidades políticas para lograr acuerdos de gran trascendencia. De hecho, así fue: el Pacto por México, señoras y señores, no es, en lo absoluto, un logro menor. Y, al plantear proyectos e inversiones públicas sin paralelo en los tiempos recientes, renació la esperanza de que este país viviría una época dorada, luego de años enteros de postración. Se impuso, sin embargo, la durísima realidad de la economía mundial y, en casa, los monstruos no dejaron nunca de aparecerse en el paisaje.

Hubo, es innegable, una muy nefasta combinación de mala suerte y de inesperadas adversidades. Y se perpetúan igualmente los problemas de siempre cuya dimensión, arteramente exacerbada por los heraldos del pernicioso catastrofismo nacional, cancelaría cualquier atisbo de esperanza en el futuro. Pues bien, en algún momento, a pesar de todo, comenzará a moverse la maquinaria: los fundamentos están ahí y los primeros pasos ya se han dado. Es impensable que el efecto transformador de las reformas no termine por manifestarse, tarde o temprano. Por lo pronto, se aceptan apuestas.

revueltas@mac.com

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