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Sábado , 20.10.2018 / 03:54 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

¿El terror nos va a hacer peores?

Román Revueltas Retes

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Aunque el pasado precolombino determine algunos rasgos de nuestra cultura, somos, en esencia, herederos de la civilización mediterránea o, dicho de otra manera, judeocristiana: hablamos una lengua derivada del latín, practicamos mayormente el cristianismo, nos regimos por un sistema legal inspirado en el Derecho romano, cultivamos los principios de los clásicos griegos y, finalmente, hemos adoptado los valores de la democracia liberal —deslumbrante manifestación del proceso civilizatorio de Occidente— para conformar la estructura de nuestro sistema de gobierno.

La mera promulgación de una Constitución liberal, en 1857, y la existencia de un personaje como Benito Juárez en nuestra historia nos colocaron, a pesar de todas las impugnaciones que se puedan todavía hacer a nuestro sistema político (entre otras cosas, estaríamos hablando del persistente déficit que tenemos en la ordenación de un verdadero Estado de derecho), en el camino a la modernidad y, esto, en pleno siglo XIX. A quien trate de empequeñecer el logro que significa la consumación de la revolución liberal de 1857-61 se le puede señalar de inmediato la abismal diferencia entre México y esas teocracias islámicas que, hoy mismo, no han dado siquiera el primer paso hacia la instauración de una estructura mínimamente progresista, a saber, la remoción de los preceptos religiosos del entramado legal del Estado: el hecho de que el adulterio o la práctica de la homosexualidad o la apostasía o el consumo de vino tinto no sean, digamos, (tan solo) presuntos pecados sino delitos castigados cruelmente por la ley representa una aterradora muestra de atraso. Y, por desgracia, ese siniestro mundo medieval está tocando a las puertas de una civilización —la nuestra, lo repito— poblada de manifestaciones tan comunes y tan compartidas (y, a la vez, tan propias) como la escala diatónica (la de los sonidos que se utilizan en la música de los mariachis, para mayores señas), la destilación de bebidas como el tequila, la celebración de fiestas declaradamente profanas, la jubilosa y abierta práctica de la sexualidad o la no obligatoriedad de las creencias religiosas; un universo de usos y costumbres en el cual es perfectamente normal que los chicos y las chicas se besen en público, que un individuo pueda cambiar voluntariamente de creencias, que las lesbianas exhiban tranquilamente su condición o que la gente consuma alcohol en la terraza de cualquier restaurante; un espacio, finalmente, donde se han consagrado explícitamente derechos esenciales como la libre expresión, el ejercicio del voto, la igualdad y la justicia.

Luego entonces, ni Bruselas ni París nos son tan lejanas (como tampoco lo fueron esas Torres Gemelas en las cuales sí murieron ciudadanos mexicanos). Y la distancia se acorta aún más cuando un candidato a la presidencia de nuestro vecino país declara que, si Salah Abdeslam hubiera sido torturado, los atentados del pasado 22 de marzo no hubieran ocurrido. Ahí, la experiencia de un suceso que nos parece ajeno comienza a adquirir corporeidad porque a la probable vaguedad de actos terroristas que no nos afectan directamente se opone la inmediatez de una barbarie acreditada, legitimada y autorizada aquí junto, en la casa de al lado. ¿Qué sigue? ¿Asfixiar en los interrogatorios a los traficantes de personas? ¿Amputar las manos de los ladrones mexicanos? De pronto, comienzan a desdibujarse las certezas que tenemos sobre la vigencia de los principios que imperan en esta parte del mundo.

Según parece, la tortura es una práctica muy extendida en México. Pero, señoras y señores, nunca resulta de una disposición legal ni de un propósito declarado públicamente por un responsable político. Es algo que se realiza a escondidas, clandestinamente y de manera tan inconfesable como vergonzante. El hecho de que un magnate neoyorkino (elevado, por si fuera poco, a la categoría de aspirante presidencial con posibilidades reales) valide el tormento de un ser humano es totalmente escandaloso pero, sobre todo, viene a ser una especie de confirmación de que la irrupción de la barbarie no resulta tan insustancial y anodina en nuestras sociedades: los viajeros deben ya someterse a desproporcionados controles en todos los aeropuertos; la información que tienen las agencias gubernamentales sobre los individuos es cada vez mayor; la vigilancia se ha acrecentado... De nuevo, ¿qué sigue?

Sabemos de la fragilidad del sistema democrático (las presuntas fallas del sistema de seguridad belga se derivan, en parte, de su obligado acatamiento de las normas legales que aseguran los derechos jurisdiccionales de los ciudadanos) pero la instauración de un Estado policiaco, como respuesta al terror, vendría siendo, paradójicamente, una suerte de perversa confirmación de esa vulnerabilidad. No padecemos aquí la violencia de los islamistas. Sí terminará por afectarnos, sin embargo, el cerril extremismo de un vecino tan peligroso.


revueltas@mac.com

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