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La Semana de Román Revueltas Retes

El retorno de la intolerancia

Román Revueltas Retes

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Pensábamos, hace algunos años, que la tolerancia, el humanismo, el espíritu democrático y la libertad eran valores cuya permanencia estaba ya tan firmemente arraigada en nuestras sociedades que en momento alguno podríamos dar marcha atrás. Pero, recordemos primeramente de dónde venimos: en la década de los años 70 del siglo pasado —apenas ayer, o sea— varios países latinoamericanos eran sojuzgados por dictaduras militares, entre ellos la Argentina y Chile, además de Bolivia y Paraguay; en la guerra de Vietnam, mientras tanto, los Estados Unidos perpetraban atrocidades contra una población civil indefensa y utilizaban productos químicos para destruir bosques y cultivos; los ciudadanos de la República Democrática Alemana no podían siquiera cruzar la frontera para visitar a sus hermanos de la República Federal; en la Unión Soviética gobernaba con mano de hierro el lúgubre Leonid Brezhnev, cuyos señoríos se extendían a los países satélite de Europa del Este, sojuzgados también por regímenes represivos de partido único; en México, uno de los presidentes de ese sistema perspicazmente calificado de “dictadura perfecta” por Mario Vargas Llosa nos hizo transitar del dilema de tenernos que preparar para “administrar la abundancia” a padecer la crisis económica más severa desde los tiempos de la revolución, por no hablar del carácter esencialmente autoritario del antiguo régimen priista; en el sufrido continente africano perduraba el Apartheid, ese escandaloso modelo de segregación racial instaurado en Namibia y Sudáfrica en el que, entre otras descomunales restricciones, los negros no podían votar y no podían entrar en las zonas asignadas a la población blanca (ah, y recordemos también que Nelson Mandela estaba encarcelado en condiciones de terrible dureza); en Uganda, el régimen de Idi Amin Dada, un personaje pavoroso que trataba de disimular su extrema crueldad con modos de bufón excéntrico, perpetró el asesinato de medio millón de personas, según algunas estimaciones; en África Central, el esperpéntico Jean-Bédel Bokassa se autoproclamaba ni más ni menos como emperador; en Filipinas, Imelda Marcos, la mujer del tirano saqueador que impuso la ley marcial en su último período de gobierno (1972-1981), amasaba una colección de mil zapatos…

Todo esto comenzó a cambiar, sin embargo: se derribó el Muro de Berlín, Mijaíl Gorbachov encabezó un movimiento dirigido a instaurar una democracia pluripartidista en la antigua Unión Soviética, la creciente impopularidad y el costo político de la guerra de Vietnam llevaron a la retirada de los Estados Unidos del Sudeste Asiático, los regímenes dictatoriales de Latinoamérica dieron paso a sistemas democráticos y hasta un país como México, que parecía estar sentenciado a sobrellevar eternamente el mando de un mismo partido político, conoció las bondades de la alternancia en el poder en el año 2000.

Ahora bien, lo interesante de este movimiento hacia la modernidad es que estuvo acompañado de una suerte de resurgimiento de la esperanza universal en un futuro mejor: la comunidad internacional se ilusionó grandemente al constatar que los principios de la democracia liberal se imponían en nuevos territorios y que los valores de la sociedad abierta eran reconocidos globalmente, si no como una realidad inmediata, por lo menos como un logro a alcanzar en un plazo razonable. Hubo también una oleada de propuestas liberales que garantizaban derechos crecientes para las minorías y que condenaban los abusos del poder central: parecía, de pronto, que los responsables políticos se habían vuelto más sensibles y que el destino de los humanos golpeados por ancestrales injusticias les preocupaba de verdad.

Pero, ocurrió primero el 11-S. Y, el miedo no sólo es mal consejero —por lo menos en situaciones que no llevan a un peligro de muerte inminente— sino que sirve casi siempre de pretexto a la implementación de medidas que vulneran la soberanía de los individuos y merman sus derechos. Se aparecieron también Marine Le Pen y Silvio Berlusconi en el horizonte. Y, hoy, unos islamistas fanáticos promueven, mediante el terror, el asentamiento global de una siniestra teocracia medieval; los antiguos liberales de Occidente se han vuelto los guardianes inquisidores de una asfixiante y represiva corrección política; el caudillismo más nefario florece en la figura de Nicolás Maduro; personajes como Putin o Erdogan asientan sus descomunales poderes, desafiando abiertamente a la comunidad de naciones; se revisan anteriores reglamentaciones para volver a restringir conquistas sociales y laborales; se fortalecen los fascistas. Y, bueno, ahí lo tenemos a Trump, como presidente elegido democráticamente en la nación más poderosa del planeta…

¿Qué fue lo que pasó?

revueltas@mac.com

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