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Viernes , 20.07.2018 / 07:47 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

El país que México debiera ser

Román Revueltas Retes

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Quien tenga un poco de memoria sabrá que José López Portillo dejó un país en ruinas. Y, antes de él, las dispendiosas políticas clientelares de Luis Echeverría no sólo tuvieron desastrosas consecuencias en la economía sino que hipotecaron el futuro de esta nación. De hecho, seguimos pagando la factura de esos nefastos doce años y lo podemos comprobar todos los días en la realidad del subdesarrollo, la desigualdad, la pobreza, la falta de infraestructura y esos otros tantos renglones que nos obligan a la desalentadora constatación de que la sempiterna promesa de prosperidad y grandeza es justamente eso, un sueño tan recurrente como inalcanzable para México.

Pero, entonces ¿por qué ha llegado a tales cotas el ánimo catastrofista de la gente y por qué se manifiesta tal repudio hacia un presidente de la República que, como lo he dicho otras veces, está haciendo simplemente lo que puede en un país dificilísimo de gobernar? Si comparas a Enrique Peña con cualquiera de esos dos personajes no puedes menos que reconocer que sus políticas públicas, así de impopulares como resulten y así de complicadas de aplicar, son mucho más responsables. Al comenzar su mandato, logró implementar, con la efímera ayuda de una oposición que le dio la espalda tan pronto como tuvo la oportunidad, las reformas que la nación ha estado necesitando durante decenios enteros. Y, ahora mismo, ha hecho lo que tenía que hacer —es decir, ha realizado un acto de gobierno en el más estricto sentido de la palabra— para atender un interés superior, para evitar males mayores y para asegurar beneficios a mediano y largo plazo.

Naturalmente, la implementación de la medida —el satanizado gasolinazo— se hizo con torpeza y sin acompañarla de una adecuada estrategia de comunicación, por no decir propagandística. Pero, veamos: esta disposición hubiera debido aplicarse… ¡hace seis o doce o quince años! Y, así fuere que escudriñáramos superficialmente el tema del sector energético, no hay manera tampoco de obviar el catastrófico —ahí sí que se puede aplicar el término— estado de las finanzas de Pemex, una empresa de “todos los mexicanos” que, en casi siete décadas, no ha podido siquiera tener la capacidad de refinar las gasolinas que consume el mercado local. ¿Enrique Peña tiene la culpa de esto?

Por su parte, la Comisión Federal de Electricidad, corporación estatal, tuvo unas pérdidas de 6 mil 898 millones de pesos en el tercer trimestre de 2016. Es una buena noticia, miren ustedes. ¿Por qué? Porque en el mismo tercer trimestre, pero de 2015, los quebrantos habían alcanzado la astronómica cifra de 30 mil millones de pesos. De cualquier manera, ¿de dónde vienen estos números? Pues, del pasado, de un sistema que consagraba deliberadamente ineficacias, subsidios, prácticas clientelares, paternalismos, demagogias y corruptelas. Ahora bien, en el momento en que se le plantee a los ciudadanos la obligación de pagar más por la electricidad para no continuar dilapidando el dinero de los contribuyentes en tapar las pérdidas de una corporación ineficiente, volverá a ocurrir otra situación de profundo descontento social. La ingrata tarea le tocará muy seguramente al próximo presidente de la República, si es que tiene la sensatez de no seguir la carrera hacia otro abismo como los que ya vivimos en el pasado (¿recuerdan el famoso efecto tequila, esa crisis de origen totalmente nacional que contaminó a los demás mercados financieros?).

Curiosamente, la ira popular se dirige a un Gobierno que, entre otras cosas, es mucho menos autoritario y “represor” que los del antiguo régimen. Por el contrario, es descomunal el acobardamiento de las autoridades ante los motines, los bloqueos y el vandalismo. La debilidad del Estado mexicano, en este sentido, es en verdad preocupante. Al mismo tiempo, la escandalosa ausencia de certezas jurídicas ha aumentado exponencialmente los niveles de impunidad. Y es ahí donde —más allá de la existencia de una oposición desleal y poco solidaria, del advenimiento de unas redes sociales donde se propalan infundios y mentiras, de una apertura democrática que consiente críticas y cuestionamientos, del fin del presidencialismo arbitrario y del creciente activismo de los mexicanos (elementos, todos ellos, que no existían en los tiempos de Díaz Ordaz o de López Portillo)— se podría explicar el furioso descontento de la gente: los ciudadanos, enterados, entre otras tantas muestras de abuso, de los inconcebibles actos de corrupción perpetrados por los politicastros y de las indecentes prebendas que se conceden los llamados “representantes populares”, no tienen ninguna disposición para apretarse el cinturón así nada más. Dicho de otra manera, la austeridad y la corrupción no pueden ir jamás de la mano. Por cierto, en los últimos seis años, Pemex ha perdido 46 mil millones de pesos por el robo de combustible en tomas clandestinas. ¿Ya nos están cobrando ese quebranto en cada litro de gasolina?

revueltas@mac.com

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