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Martes , 18.09.2018 / 16:49 Hoy

La Semana de Román Revueltas Retes

Agitación social en México y… en Francia

Román Revueltas Retes

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En esa Francia azotada por el terrorismo más brutal y espantoso, tampoco les gustan los cambios: los ciudadanos rechazan de tajo la reforma laboral que el presidente François Hollande presentó en la Asamblea Nacional. La reacción de los sindicatos —CGT, Fuerza Obrera, FSU y SUD— y las organizaciones estudiantiles ha sido contundente: huelgas, bloqueos en depósitos de combustibles y refinerías, violentas protestas callejeras, manifestaciones y algaradas. Han suspendido sucesivamente sus servicios los aeropuertos, los controladores aéreos, los trabajadores de la red de transporte público de París y su periferia, los empleados de la empresa estatal de ferrocarriles (SNSF) y muchos otros grupos laborales. Se compara este ambiente de extremada agitación social a los momentos vividos en mayo de 1968. Y, aunque Manuel Valls, el primer ministro, haya declarado que “la CGT no hace las leyes en este país” (una proclamación muy dura, por cierto, que si fuera proferida en estos pagos por cualquiera de nuestros funcionarios provocaría de inmediato una auténtica oleada de reclamaciones, jeremiadas y condenas), el hecho es que más del 60 por cien de la población aprueba las acciones de resistencia de la gran organización sindical. La aceptación del presidente de la República se ha desplomado: su tasa de popularidad ronda los 13 puntos porcentuales, y esto a menos de un año de las próximas elecciones.

Así es Francia, según parece: esa nación tan absolutamente admirable es también un territorio impregnado de un espíritu corporativista cuya población se resiste tozudamente a las transformaciones que han tenido lugar en otros países —vecinos suyos, para mayores señas— donde se han podido instaurar políticas públicas que, según los principios liberales imperantes, facilitarían el crecimiento económico y la creación de nuevos empleos. No es tan evidente, sin embargo, el beneficio de los cambios. Porque, miren ustedes, uno de los puntos centrales de la reforma laboral implementada, por ejemplo, en el Reino Unido, es la simplificación del despido que, muy a la manera de como ocurre en los Estados Unidos, se ha vuelto fácil y barato. O sea, que a un empresario le resulta muy sencillo echar a la calle a un trabajador si su compañía comienza a perder dinero, si se redirige la orientación del negocio, si hay un cambio tecnológico o si, por una reorganización interna, un empleo se vuelve superfluo (esto, que favorece a los patrones, no termina siendo tan ventajoso para los trabajadores, por lo menos en el corto plazo, y por ello mismo es radicalmente rechazado por los ciudadanos franceses: en la República Francesa, hasta nuevo aviso, se le ofrece la máxima protección al empleado). En Alemania, mientras tanto, el despido improcedente es simplemente ilegal pero hay tres causales que el empleador puede invocar para terminar la relación laboral: el comportamiento del empleado, su incapacidad para trabajar y la situación económica de la empresa. Pero, más allá de la facultad de poder suprimir empleos innecesarios, en la nación germana tuvo lugar, en las pasadas décadas, una auténtica ofensiva gubernamental para reducir la fuerza de los sindicatos y cancelar algunas de las exorbitantes prerrogativas que habían logrado los trabajadores. Muchos economistas critican ahora la política de austeridad que ha impuesto Angela Merkel pero Alemania es una auténtica locomotora económica y, en lo que se refiere al Reino Unido, su crecimiento —el más alto de los países del G-7 en 2014 y, ahora mismo, superior al de sus vecinos— podría validar los principios de que es necesario recortar el gasto público y flexibilizar el mercado laboral. La economía británica presenta una tasa de desempleo de 5.6 por cien, por debajo de la media europea de 9.8, y el paro en Alemania se sitúa en mínimos históricos, superando apenas los cuatro puntos porcentuales. En Francia, por el contrario, supera el 10 por cien.

Las anteriores cifras indicarían que la política económica seguida en Francia no es la correcta. Pero, estos números no convencen a la población gala. Y, hay también un precio a pagar, por lo menos en la “historia de éxito” británica: la desigualdad y la pobreza creciente de unas clases bajas que, debido a los exiguos salarios, no pueden ya pagarse siquiera las necesidades más elementales. Un dato estremecedor: cuatro millones de niños, uno de cada tres, viven en la pobreza. Y, la reducción del gasto social ha dejado totalmente desprotegidos a millones de ciudadanos. David Cameron no sólo sacó al Reino Unido de la Unión Europea: también sembró penurias y privaciones entre la población más descobijada.

Así las cosas, uno podría preguntarse si la resistencia de los franceses no vendría siendo, después de todo, una especie de postura de vanguardia, un ejemplar movimiento de oposición a esas políticas liberales, consensuadas en Bruselas y en Washington, que no benefician globalmente a los seres humanos.

El éxito económico de los británicos tiene un lado muy obscuro. Y las políticas de austeridad impuestas por Alemania significan mucho sufrimiento para los habitantes de países que no cuentan con el aparato industrial de los germanos. Es muy difícil, sin embargo, llegar a conclusiones definitivas en este terreno.

En México, por nuestra parte, nos oponemos igualmente a las reformas. Ahora mismo, hay una suerte de revolución en contra de las transformaciones en el ámbito educativo. Pero en la revuelta francesa —que se pudiera comparar, toda proporción guardada, con la agitación en el suroeste mexicano— nadie pide traficar con los recursos del Estado ni vender plazas ni incumplir con sus obligaciones laborales. Luego entonces, cualquier paralelismo posiblese acaba ahí. Lo que no se agota es la discusión sobre el modelo económico. Y, en este sentido, hablar de la pobreza en el Reino Unido, o de la austeridad promovida por Alemania, es casi un escupitajo a los millones de mexicanos que malviven en la miseria. Una disculpa.

revueltas@mac.com

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