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Interludio

Tlatlaya: tan simple como ejecutarlos y ya

Román Revueltas Retes

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Si estuviéramos seguros de que lo que nos dicen que ocurre es lo que verdaderamente ocurre; si nuestro aparato de justicia fuera confiable; si no viviéramos en una sociedad donde todo se distorsiona y se contamina; si la brutalidad de los cuerpos policiacos y las fuerzas del Ejército estuviera totalmente erradicada en vez de manifestarse cuando menos lo esperas; y, finalmente, si la firmeza del Estado estuviera espontáneamente legitimada por una gran mayoría de los mexicanos, entonces podríamos congratularnos, en efecto, de que el Ejército, o los infantes de la Marina, o los comandos de cualesquiera fuerzas especiales hubieran matado a 22 de esos delincuentes que, sin tentarse el corazón, asesinan, secuestran y extorsionan a ciudadanos tan inocentes como indefensos. Y, de paso, les recomendaríamos que prosiguieran meticulosa y obstinadamente con la tarea hasta limpiar este país y dejarlo libre de canallas y de malnacidos.

Pero, como siempre, el suceso de Tlatlaya deja una estela de dudas, sospechas, acusaciones y desconfianzas: no sabemos si las personas que fueron presuntamente ejecutadas son realmente culpables o si hubo excesos, equivocaciones, abusos o meras salvajadas. En lo personal, me resulta enteramente aceptable la eventualidad de que los militares, enfrentados a una pandilla de asesinos —que, por si fuera poco, mantenían secuestradas a unas mujeres— hubieran respondido con toda la fuerza de las armas siendo, encima, que fueron supuestamente atacados. Pero, los términos “presuntamente” y “supuestamente” que acabo de utilizar en el anterior párrafo son esos mismos que mitigan mi posible adhesión; resultan de una duda y, cuando estamos hablando de que 22 individuos perdieron la vida, entonces necesitas de certezas absolutas.

Es una pena, en todo caso, porque ni los jueces ni los Ministerios Públicos están tampoco en condiciones de brindarnos seguridades. Así están las cosas, en este país.

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