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Domingo , 22.07.2018 / 19:33 Hoy

El deporte vuelve a ser una gran arma política

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Trump y el sátrapa de Corea del Norte han estado intercambiando amabilidades durante meses enteros. En algún momento, el inquilino de la Casa Blanca le llamó “hombrecillo de los cohetes” a Kim Jong Un. Éste le respondió asestándole un adjetivo del inglés antiguo, dotard, con el que sus traductores creyeron que se transcribía el término “viejo lunático” del coreano original. En el catálogo de las otras lindezas figuran “chaparro y gordo”, “loco”, “trastornado”, “gánster” y “granuja”. En fin, ambos líderes han llevado los usos de la diplomacia a nuevas alturas.

La cosa no paró ahí, sin embargo: como el arma nuclear significa la absoluta salvaguarda del régimen norcoreano, su mandamás ha estado realizando lanzamientos de misiles balísticos que pudieren llevar cabezas nucleares y hasta hizo detonar, según parece, una bomba termonuclear (o sea, una bomba de fusión, mucho más poderosa que las bombas de fisión usadas por los estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki).

La amenaza de desencadenar una pavorosa guerra que aniquilaría a millones de seres humanos fue seguida de la correspondiente retórica: Kim Jong Un lanzó la bravata de que tenía un botón nuclear en el escritorio de su despacho y Trump no tardó en responderle que el suyo era “mucho más grande y mucho más poderoso”.

Así de tirante está la situación, señoras y señores. Pero, miren ustedes, resulta que, en vísperas de los Juegos Olímpicos de Pyeongchang, una delegación de representantes de Corea del Norte se reunió con funcionarios surcoreanos para promover que atletas de su país no sólo participaran en las competencias sino que lo hicieran bajo la misma bandera, a saber, el estandarte de las dos Coreas reunidas. De entrada, se aparecerá en la pista de hielo una famosa pareja de patinadores norcoreanos; y, deberán competir igualmente, hombro con hombro, jugadoras de ambos países en el equipo femenil de hockey. La idea no fue enteramente del agrado de Sarah Murray, la entrenadora canadiense de las surcoreanas, porque sus muchachas ya se habían ganado el puesto en la selección y ahora algunas de ellas deberán cederlo de último momento a las recién llegadas del norte pero, en fin, si el Comité Olímpico Internacional aprueba este esquema (debía hacerlo justamente ayer sábado, en Lausana, Suiza), entonces la descomunal animadversión que se dispensan el presidente de los Estados Unidos de América y el dictador de la República Popular Democrática de Corea habrá pasado a un discreto segundo término, así sea temporalmente.

El deporte, caramba, es una muy poderosa arma política.

revueltas@mac.com

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