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Martes , 16.10.2018 / 12:39 Hoy

Los fatales límites de nuestra voluntad

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Bajar de peso (sobre todo), hacer ejercicio, dejar de fumar, beber menos, no procrastinar (por cierto, estos latinajos de la lengua inglesa, como el mentado o como resiliencia o disruptivo, que tan servilmente hemos adoptado ahora, no se usaban en mis tiempos; y, por poco que hagas el mínimo esfuerzo de asomarte al diccionario de la Real Academia Española, te enterarás de que palabros tales que amenidades no tienen en lo absoluto el significado que les endosan los ignorantes y bárbaros publicistas), no volver a llegar tarde a ningún lado, contestar oportunamente los correos… Estos posibles propósitos de año nuevo, ¿por qué demonios es tan supremamente difícil cumplirlos?

Comencemos por el tema del sobrepeso que, a estas alturas, se ha vuelto una cruzada prácticamente universal siendo que en el planeta hay todavía millones de personas que pasan hambre: a no ser que lo conviertas en una preocupación suprema y que le dediques heroicos esfuerzos, no lograrás perder esos kilos que te colocan en la subespecie —mayoritaria, miren ustedes— de los que nunca aparecerán en un desfile de modas ni en un anuncio publicitario. Y es que el cuerpo humano es una máquina de una eficiencia absolutamente colosal: ni lejanamente proporciona un coche híbrido tan fabulosos rendimientos con tan poca aportación calórica. O sea, que comes lo mínimo y tu organismo no sólo no lo gasta sino que lo acumula. Pero, entonces ¿no podemos someternos a una despiadada disciplina para alcanzar el anhelado sueño de la imperativa delgadez? Pues, justamente, no. A los pocos días vuelve a manifestarse, de manera insidiosa y apenas disimulada, el principio de placer. Es decir que, confrontados a la disyuntiva de esforzarnos en vez de gratificarnos, elegimos la segunda opción. El plato de suculentas viandas resulta demasiado tentador y la rutina del gimnasio, un auténtico suplicio, termina por ser suprimida de la agenda diaria. Y así, con todos los demás designios de mejoría personal… ¿O, no?

revueltas@mac.com

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