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Miércoles , 19.09.2018 / 01:08 Hoy

Columna de Román Munguía Huato

El día del niño y el internacionalismo proletario

Román Munguía Huato

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En la acumulación originaria del capital imperó la violencia [la conquista, la esclavitud, el robo, el asesinato, etcétera]: «el capital nace chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza» [Marx]. Con la industrialización la explotación del trabajo infantil por el capital impera infame. El libro de Otto Rhüle: El alma del niño proletario [1925], contribuye a la explicación de tal oprobio. Existen leyes de protección laboral infantil pero insuficientes; tal explotación es vigente, pero, además, el estado mundial de la infancia es terrible, pues los derechos de la niñez son pisoteados impunemente. Los informes de la ONU ejemplifican dramáticamente esta barbarie social. La trata de personas [una de cada cuatro víctimas es infante], violaciones sexuales y pederastia, violencia intrafamiliar, explotación laboral, acoso escolar, orfandad, desapariciones e infanticidios, etcétera, representan una absoluta degradación. En las migraciones o expulsiones, guerras y genocidios, los niños también sufren las peores consecuencias. La deshumanización brutal; el capitalismo salvaje neoliberal es el Herodes moderno.

La explotación del niño trabajador y las insurrecciones proletarias con sus mártires de mayo de 1886 en Chicago la encontramos en el extraordinario libro de Howard Zinn: La otra historia de los Estados Unidos [1999]. En el capítulo: “Los barones ladrones y los rebeldes”, Zinn narra como ya desde 1877 «el gobierno de Estados Unidos se estaba comportando casi igual a como describió Karl Marx que se comportaba un estado capitalista: simulando neutralidad para mantener el orden, pero sirviendo a los intereses de los ricos… el propósito del Estado era apaciguar las disputas de la clase alta, controlar la rebelión de la clase baja y adoptar políticas que favorecieran una amplia estabilidad del Sistema […] a pesar de los intensos esfuerzos del gobierno, de las empresas, de la Iglesia y de las escuelas para controlar su pensamiento, millones de americanos estaban preparados para criticar duramente el sistema vigente y considerar otras formas de vida alternativas. Les ayudaron en esta tarea los grandes movimientos obreros y campesinos, que se extendían por todo el país en las décadas de 1880 y 1890. Estos movimientos iban más allá de las huelgas ocasionales y de las luchas del período 1830-1877. Eran movimientos de ámbito nacional y resultaban más amenazantes que antes para la élite gobernante, más peligrosamente sugerentes. Era una época en la que las ciudades americanas más importantes contaban con organizaciones revolucionarias y el ambiente bullía con estas ideas. [A partir de 1885] Se desarrolló un tráfico de trabajadores infantiles inmigrantes, fuera mediante un contrato con unos padres desesperados en su país de origen, o bien mediante secuestro. Unos “padrones” supervisaban a los niños como durante la esclavitud y a veces los mandaban a trabajar de músicos mendigos. Cientos de estos niños vagaban por las calles de Nueva York y Filadelfia… en 1880 había 1.118.000 niños menores de dieciséis años trabajando en Estados Unidos [uno de cada seis niños]… En la primavera de 1886 ya había crecido el movimiento a favor de la jornada de ocho horas. El 1 de mayo, la American Federation of Labor [Federación Laboral Americana], que llevaba funcionando cinco años, exhortaba a las huelgas nacionales en cualquier lugar donde se negaran a la jornada de ocho horas… En Chicago, 40.000 trabajadores hicieron huelga y a otros 45.000 se les concedió una jornada más corta para impedir que fuesen a la huelga. En Chicago se pararon todos los ferrocarriles, se paralizaron la mayoría de las industrias y se cerraron los corrales de ganado… Se convocó un mitin en la plaza de Haymarket para la noche del 4 de mayo y se reunieron unas tres mil personas. Fue un mitin tranquilo y, como acechaban nubes tormentosas y se hacía tarde, la muchedumbre se quedó en unos pocos cientos. Apareció un destacamento de 180 policías que avanzaron hasta la plataforma del orador y ordenaron a la muchedumbre que se dispersara. El orador dijo que el mitin casi había concluido. En ese momento explotó una bomba en medio de los policías, hiriendo a sesenta y seis de ellos y de los que más tarde murieron siete. La policía disparó a la multitud, matando a varias personas e hiriendo a doscientas. Sin tener ninguna prueba sobre quién lanzó la bomba, la policía arrestó en Chicago a ocho dirigentes anarquistas». Las ejecuciones de los obreros presos –dice Zinn– conmocionaron a la gente de todo el país. «En Chicago, hubo un desfile fúnebre de 25.000 personas. Mientras que el resultado inmediato fue la supresión del movimiento radical, el efecto a largo plazo fue el de mantener encendida la ira de los trabajadores. Año tras año, se celebraron por todo el país mítines en memoria de los mártires de Haymarket». En 1886, hubo más de mil 400 huelgas, en las que estuvieron involucrados 500 mil trabajadores. El grito de guerra era: “Proletarios de todos los países, ¡uníos!”

En el Día Internacional de los Trabajadores recordamos –con la lucha de resistencia al neoliberalismo– a los Mártires de Chicago y también a nuestros mártires mexicanos de las huelgas históricas de Cananea [1906] y Río Blanco [1907], quienes nos legaron grandes conquistas laborales y sociales. Habrá un mañana que todos los niños podrán jugar con sus padres en un mundo libre.

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