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Lunes , 15.10.2018 / 17:45 Hoy

Columna de Román Munguía Huato

De caciques perdonavidas…

Román Munguía Huato

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Existen páramos universitarios en cuyas comarcas reina el poder caciquil cual territorio feudal podría haber hasta la aborrecible lus prima nocte [derecho de pernada: derecho de la primera noche]. El cacique puede hacerle de perdonavidas a quienes considera le ofenden o atentan contra su omnipotencia. Todavía existen universidades públicas regidas por un poder concentrado solamente en unas manos, donde todo se decide unilateralmente; son universidades feudales revestidas de una modernidad ficticia donde se aparenta una democracia, una intensa vida académica y un pensamiento crítico. Pero la realidad es que tales características que deben ser propias de una digna universidad están ausentes. Estas universidades están enclaustradas en un autoritarismo, la simulación académica, una profunda corrupción y la impunidad. El cacique es todopoderoso en su terruño y convertido en señor feudal es rodeado por sus lacayos cortesanos abyectos a sus órdenes, de la peor vileza o infamia. Nuestra historia moderna nacional, su cultura política, es imposible explicar sin analizar la historia de los cacicazgos rurales y urbanos, incluidos aquellos cacicazgos universitarios absolutamente contradictorios en espacios donde supuestamente tiene vigencia el pensamiento reflexivo, científico, humanista: la razón crítica.

El perdonavidas es aquel “bravucón; persona que presume de valiente y se jacta de cometer violencias”. Esta es una definición entre otras. Una parecida, la de Real Academia Española [RAE] dice: “Baladrón, persona que presume de lo que no es y se jacta de valiente”. Desde luego, esta palabra tiene muchos sinónimos, pero lo que aquí queremos decir es aquella persona quien detentando un poder puede perdonar a quienes él considera le han ofendido en su dignidad [dignidad de la que carece]; más bien dicho, le han “ofendido desobedeciéndole”, poniendo en cuestión tal poder; poniendo en cuestión la subordinación, la sumisión incondicional. El cacique puede perdonar a quienes se le enfrentaron en alguna disputa palaciega por el poder y magnánimo les pone a su lado. Quizá los perdona humillándolos haciendo que se hinquen de hinojos y le besen reverencialmente la mano, cual respeto al capo de tutti capi; como un mafioso universitario. Al dar perdón puede aparecer como un cacique benemérito en la Benemérita Universidad. Ya lo dijo un intelectual zalamero: “hay caciques buenos” ¡De pena ajena! Pero en México tenemos muchos intelectuales lamebotas al poder, cualquiera que sea la forma del poder. Aduladores del poder; un poder con el que se identifican. En realidad mercenarios intelectuales en el mundo de la realpolitik.

La RAE define cacique como aquella “Persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo”; “Persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos”. Carlos Fuentes, a quien le gustaba tener cercanía con el poder del Estado, escribió en su novela La silla del águila: “Pues mire nomás: calladitos, calladitos, los huecos de poder en todo el país se han ido llenando con los caciques locales, que estaban allí nomás como tigres al acecho”. Pero la mejor definición del cacique únicamente puede venir de mi querido y admirado Juan Rulfo: “Pedro Páramo es un cacique. Eso ni quién se lo quite. Pedro Páramo es un cacique de los que todavía abundan en nuestros países: hombres que adquieren poder mediante la acumulación de bienes y éstos, a su vez, les otorgan un grado muy alto grado de impunidad para someter al prójimo e imponer sus propias leyes.” Cierto, un cacique empresario–universitario puede afirmar tajante y cínicamente: No hay ley más que la mía; y lo puede decir sin tapujos porque las redes de complicidad con el poder gubernamental le confieren esa impunidad. Hay universidades donde una hoja no se mueve sin el soplo caciquil. Sobre los caciques o los grupos de poder universitarios podríamos retomar al gran historiador estadounidense Howard Zinn, quien escribió: “Las universidades, los colegios no son instituciones democráticas. En realidad, son como corporaciones. Los que tienen la mayor parte del poder son las personas que tienen menos que ver con la educación. Es decir, no son el cuerpo docente, no son los estudiantes, ni siquiera son las personas que mantienen el funcionamiento de la universidad –la gente de los edificios y de los terrenos y los técnicos y las secretarias– no. Son los administradores, los de negocios, la gente con conexiones, y ellos son los que tienen la mayor parte del poder, son los que toman las decisiones”. En México, en muchas universidades hay exrectores o rectores que jamás han dado clases en su vida. En algunas instituciones los grillos en desgracia política son premiados con rectorías, profundizando la crisis académica.

Hay de perdones a perdones. No hay ley más que la mía solamente pueden decirlo jactanciosamente cual perdonavidas quienes imponen autoritariamente sus decisiones como forma de control corporativo–clientelar sobre los académicos sumisos, estudiantes y personal administrativo y de servicios. El cacicazgo también se sustenta en algunas medidas terroristas para atemorizar a los maestros y no cuestionen, no se atrevan a cuestionar jamás, las decisiones de las autoridades universitarias, sean en “concursos” para la asignación de plazas definitorias o cualquier otra justa demanda. Maestros o maestras –especialmente de asignatura, contratados temporalmente– que defienden sus legítimos derechos laborales son inmediatamente reprimidos quitándoles sus materias y cesándolos. Para humillarlos, les sugieren que pidan perdón, como si la defensa de sus derechos laborales fuese un delito ¡Exijo, junto con otros académicos y estudiantes, la reinstalación inmediata de la maestra Ana Estrada Salgado, cesada injusta e ilegalmente en la Universidad de Guadalajara!

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