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Viernes , 22.06.2018 / 17:47 Hoy

Columna de Román Munguía Huato

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Román Munguía Huato

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La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido

Milan Kundera


En estos momentos los padres y madres de los 43 jóvenes desaparecidos de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos”, en Ayotzinapa, están en ayuno de 43 horas plantados en el Zócalo de la Ciudad de México, el pleno corazón de la Nación, para exigir al gobierno de Peña Nieto la aparición inmediata de sus hijos. Este gobierno todavía aduce que los normalistas fueron asesinados y llevados a incinerar al basurero de Cocula, pero la “verdad histórica” resultó, desde el principio, una verdadera invención grotesca y dolosa. Este basurero –un chiquero de la política del poder y del dinero– como dice el poeta Enrique González Rojo, “es el mayor yacimiento de mentiras de nuestra historia actual”. La matanza se perpetró en las narices de las tropas militares en Iguala, cuya noche del 26 de septiembre de hace un año se ha convertido en la noche más oscura de los tiempos modernos; tiempos aciagos, tenebrosos y nublados por la infamia de un régimen político putrefacto, corrompido hasta el tuétano, que ha hecho de la impunidad absoluta una Razón de Estado. Tiempo de canallas. De la noche de Tlatelolco, pasando por la del Jueves de Corpus, a la noche de Iguala, es la historia de la infamia nacional; es la historia de crímenes de Estado que significa lacerantes agravios contra el pueblo mexicano en busca de un mejor porvenir pero que es impedido por un brutal autoritarismo de sucesivos gobiernos “democráticos” oligárquicos: “Nuestra tragedia persistente”, dice Lorenzo Meyer. México en vilo. Al igual que la matanza de Tlatelolco, la de Iguala con sus desaparecidos son hechos abominables y parteaguas de nuestra historia nacional, y significantes de un profundo desgarramiento social.

La infamia de la noche de Iguala es la manifestación de una profunda crisis política y social; de una profunda crisis humanitaria; de una profunda crisis de los derechos humanos. Representa la barbarie de una degradación social que ni siquiera podría ser imaginada por quienes fuimos jóvenes de aquel funesto año 68 de Tlatelolco. La fatalidad histórica llevada a cuestas por una población plebeya, menesterosa, cual Sísifo moderno. Una profunda crisis civilizatoria local por una mundialización del capital en su descomposición extrema de hiperviolencia permanente en aras de la obtención de ganancias dentro de un paroxismo de la irracionalidad sistémica. Un mundo hecho jirones y revolcado por la turbulencia “de las aguas heladas del cálculo egoísta” del capital. Pero ¿se puede esperar algo distinto de un régimen político regido por un cretinismo que entiende la política solamente como el arte de la simulación y la demagogia, del saqueo y del agandalle patrimonial republicano mediante las “reformas estructurales”?

¿Cuál es nuestro futuro inmediato? Difícil saberlo, pero sin duda alguna si no aparecen respuestas políticas radicales, la caída abismal será fatal y los demonios neoliberales seguirán sueltos encarnizándose contra el pueblo trabajador en un mar de fondo sanguinolento. Heraldos negros que nos manda la Muerte, anunciando todavía lo peor. Muy probable, pero al pesimismo de la razón le contraponemos el optimismo de la voluntad y de la esperanza; las luchas de resistencia popular, las de los abajo, mientras persistan significan la posibilidad de un mundo humanizado. Quiero finalizar con un fragmento del poema Ayotzinapa, de David Huerta:


Quien esto lea debe saber también

Que a pesar de todo

Los muertos no se han ido

Ni los han hecho desaparecer

Que la magia de los muertos

Está en el amanecer y en la cuchara

En el pie y en los maizales

En los dibujos y en el río

Demos a esta magia

La plata templada

De la brisa

Entreguemos a los muertos

A nuestros muertos jóvenes

El pan del cielo

La espiga de las aguas

El esplendor de toda tristeza

La blancura de nuestra condena

El olvido del mundo

Y la memoria quebrantada

De todos los vivos

Ahora mejor callarse

Hermanos

Y abrir las manos y la mente

Para poder recoger del suelo maldito

Los corazones despedazados

De todos los que son

Y de todos

Los que han sido

¡Vivos los llevaron, vivos los queremos!

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