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Viernes , 25.05.2018 / 23:32 Hoy

Otra parte

Misoginia

Rogelio Villarreal

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La misoginia nació con la historia. Desde los primeros tiempos el sometimiento de las mujeres ha sido común en todos los continentes y por las más diversas razones: religiosas, culturales, políticas o económicas. Del cercenamiento del clítoris de las adolescentes del Islam fundamentalista al asesinato de niñas recién nacidas en regiones de Asia. De la venta de las muchachas casaderas en las culturas indígenas americanas a la lapidación de las adúlteras en el África musulmana. De la violación tumultuaria de las mujeres de los pueblos invadidos de la antigüedad euroasiática a la violación selectiva de las mujeres en las guerras de la posmodernidad europea. De acuerdo con diferentes religiones y concepciones del mundo, a las mujeres se les puede apedrear, quemar el rostro con ácido o golpear por protestar o exigir un derecho; despojar de sus bienes, vender o repudiar. Casi todas las tradiciones califican y relegan a las mujeres, a su modo y con distinta intensidad, por ser impuras, indignas, conformistas, hechiceras, curanderas, malignas, botines de guerra, embusteras, incapaces de razonar, criadas para el placer del hombre —los “animales domésticos a menudo placenteros” de Nietzsche y de Hank Rhon—, abnegadas, paridoras de hijos —como querían Stalin, Hitler, Mao y Ceausescu—, objetos de ornato, prostituibles, deseables. La Iglesia católica se cuestionó durante siglos si las mujeres poseían alma y cristianos, judíos y musulmanes las consideran indignas del ministerio religioso. La mujer contemporánea sigue pagando las consecuencias de una virilidad despótica y prepotente.

En el illo tempore —Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, 1959— las sociedades solidarias rendían culto a la diosa de la fertilidad —presente en las culturas primitivas—, en las que todos sus integrantes eran iguales y su trabajo era igualmente valioso para la comunidad. En El cáliz y la espada (Cuatro Vientos, 1998) Riane Eisler habla del dramático vuelco que dio la historia cuando las primeras formas de organización social, basadas en la recolección, la caza, la pesca y la agricultura rudimentaria, y en las que la mujer tenía un papel preponderante debido a su labor en las tareas agrícolas y a su función reproductora, se transformaron paulatinamente en organismos más complejos gracias al desarrollo de nuevas tecnologías para el cultivo de la tierra, a los excedentes que se producían debido a éstas, y a la necesidad de ejercer control sobre las tierras, las tecnologías y la producción. Aparece la propiedad privada y la consecuente necesidad de defenderla ante los intentos de saqueo de otras tribus. Los hombres, más fuertes y libres de las tareas reproductivas, se organizaron en fraternidades guerreras para atacar o defenderse, relegando a las mujeres al cuidado de la casa y de la comunidad. Las deidades femeninas sucumbían o pasaban a segundo plano ante el surgimiento de dioses guerreros que exigían sacrificios y ofrendas por medio de los sacerdotes: emergía una nueva casta que dominaba ahora la religión y la economía.

Nacieron las ciudades–Estado y con ellas se perfeccionó la estructura de dominación masculina. Los mitos ancestrales sobre la Madre Tierra ya han cedido su paso a las nuevas mitologías de héroes y conquistadores, sólo quedaban algunas figuras simbólicas, meros resabios de la importancia de las mujeres en el proceso evolutivo de la humanidad hacia la civilización: una civilización que las traicionó más pronto de lo que se imaginaban.

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