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Domingo , 16.12.2018 / 04:52 Hoy

Columna de Rogelio Villareal

La regresión

Rogelio Villarreal

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Es tristeza, desconcierto, enojo lo que siento... Después de tres intentos y de doce años de costosa campaña, un vestigio del peor priismo, autoritario y corporativista, Andrés Manuel López Obrador, está a un paso de la presidencia.

Ya lo dije una vez: puedo entender a los millones de seguidores de López Obrador que lo elegirán por encima de Meade o de Anaya. Están indignados, frustrados, agraviados por sexenios de corrupción, violencia y un crecimiento económico insuficiente. Creen de verdad en que su redentor cambiará todo una vez que la banda tricolor cruce su pecho. Los vi, gente humilde, mirarlo con devoción en el cierre de campaña en Guadalajara hace unos meses, vitorearlo y aclamarlo como presidente. No les importa quiénes lo acompañan en su ascenso al poder, si son honrados o no —la mayoría, priistas y líderes sindicales desahuciados y oportunistas en busca de una nueva tajada, no lo son—. Les tiene sin cuidado la alianza con el Partido Encuentro Social, pues ¿qué hay de malo en defender los valores de la familia? ¿A quién le importan los homosexuales? Les da lo mismo también el Partido del Trabajo y sus loas vehementes a las dictaduras cubana, chavista y de Kim Jong–un —Corea del Norte está muy lejos. “Mi solidaridad y al mismo tiempo mi pésame al pueblo y al gobierno de Cuba. Fidel Castro está a la altura de Nelson Mandela”, dijo cuando murió el dictador. Los que no estén con Él son unos traidores, pueden largarse de aquí.

También he visto a jóvenes universitarios entusiasmados por el tozudo político que promete casi el paraíso. Una generación de estudiantes que sabe poco o nada de la historia reciente de México —digamos de 1968 a nuestros días—, pero están seguros de que Él acabará con la corrupción y con eso se inaugurará una era idílica —la “cuarta transformación”.

Es tristeza, desconcierto, enojo... Me perturba el hecho de que académicos, periodistas, profesores, personas a las que estimo por su inteligencia y su trabajo profesional, hayan decidido

—varios de ellos, sospechosamente, a última hora— optar por el líder populista, como si algo en su fuero interno les dijera: López Obrador es lo más cercano que tenemos a eso que llaman izquierda..., sin mayor reflexión, sin la más mínima autocrítica —como no la ha habido desde la caída del Muro de Berlín. No importa que haya dado cuantiosas muestras de conservadurismo, de ineptitud, de una descomunal ignorancia de los asuntos nacionales y del mundo. Su voto por el caudillo es una respuesta visceral contra Peña Nieto, evidentemente, así que ¿por qué votar por el candidato del PRI? ¿Por qué darle el voto al panista, tan cuestionado?

López Obrador cometerá mil tropelías que serán festejadas por los suyos. No soy ingenuo y creo, sinceramente, que no sabe de economía ni de mercados ni de política internacional y los derechos humanos parecen importarle muy poco. La pregunta es, pues, ¿por qué no votar por él y, en cambio, sí por quien vaya en segundo lugar? A pesar de la imparable corrupción y de los males sociales que padecemos, hay espacios y mecanismos por los cuales se pueden fortalecer las instituciones y la democracia. Cada vez hay más transparencia, por ejemplo —la que no existió durante el gobierno de AMLO en la Ciudad de México—; los políticos están en la mira y hay organismos que vigilan y denuncian —esa sociedad civil de la que dice desconfiar.

Es tristeza, desconcierto, enojo... Además de ignorante y necio, creo que López Obrador es mala persona, vengativo, taimado: el asesinato “imprudencial” de su hermano; el pelotazo en la nuca a un compañero de juego después de un partido de beisbol; su justificación de los linchamientos de policías en Tláhuac —“hay que respetar los usos y costumbres del pueblo”—; su desprecio racista por la marcha contra la inseguridad en el ex Distrito Federal —una protesta de 400 mil “pirrurris”—; su nepotismo y tolerancia ante los desmanes de los maestros de la CNTE; su propuesta de amnistía a criminales inhumanos, además de la vista gorda ante la corrupción de su primer círculo y de decenas de candidatos morenistas en el país —muchos de ellos impuestos a pesar de la inconformidad de las bases—; su aberrante constitución moral y, no menos importante, su intolerancia a la crítica, su desdén por los medios que no se alinean con él.

Posiblemente un tipo zafio y vulgar sea el próximo presidente, y muchos de mis amigos y conocidos votarán por él. Amigos a los que ya no podré respetar de la misma manera. Argüir que ya le corresponde la presidencia es una tontería —ya lo fue en su delirante imaginación en 2006, si recuerdan—. No quiero al PRI ni al PAN otra vez, pero en estas elecciones votar contra López Obrador nos dará la oportunidad de madurar mejores opciones políticas alejadas de caudillismos anacrónicos, del populismo que ha devastado la economía de varios países latinoamericanos, de prácticas que ya debemos abandonar en el pasado —donde vive plácidamente ya saben quién. Hay que destruir a los dos PRI: el de antes, que vuelve a la carga, y el de ahora.

Construir una democracia efectiva con partidos, ciudadanos y políticos responsables, preparados, donde haya poco espacio para la ineptitud, la marrullería y la megalomanía, donde la gobernanza sea una práctica cotidiana y la opacidad la excepción. Vigilar a los funcionarios para atajar la corrupción, exigir rendición de cuentas. No perdonarle nada a quien gane.

Así lo veo yo. Faltan unos pocos días. Salvemos este escollo y tratemos de construir un futuro a la altura de nuestras expectativas.

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