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¿Hay vida inteligente en los cotos?

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Las ciudades hace tiempo que dejaron de ser comunidades ordenadas y racionales para dejar paso al hacinamiento, la neurosis y la violencia. El panorama podría ser apocalíptico, pero lo es solo en parte. La civilidad y los esfuerzos por contener esa deriva destructiva también se abren paso en todos los ámbitos de las sociedades contemporáneas.

Aun con su desmesurado crecimiento y los múltiples problemas que las aquejan, en las ciudades es posible encontrar espacios de convivencia respetuosa, de recuperación de áreas verdes y de esparcimiento para todos –aunque siempre en riesgo de perderse o de ser usurpados por empresarios sin escrúpulos–.

En la extensa área metropolitana de Guadalajara han proliferado en los últimos años numerosos fraccionamientos residenciales para diferentes sectores sociales, no pocas veces con licencias irregulares y robándole espacios al campo, al bosque, lo que ocasiona problemas de movilidad y carestía de los servicios básicos –o hasta la ausencia de éstos–. En la zona Valles de Tlajomulco de Zúñiga, por ejemplo, donde se encuentran los fraccionamientos de “interés social” Chulavista, Santa Fe y Lomas del Mirador, hay 70 mil viviendas deshabitadas, de las cuales 15 mil han sido abandonadas por sus propietarios y muchas de ellas ocupadas por indigentes o delincuentes. En Tlaquepaque existe otra aberración urbana: la populosa colonia instalada en una ladera del Cerro del Cuatro. “No tengo agua, drenaje ni luz”, dice una habitante. “Mi esposo y mis dos hijas vivimos cerca de ‘Las Antenas’ (de Televisa), tengo cinco años viviendo así. Es horrible porque no hay nada cerca. Para abastecernos de agua muchas casas agarramos directo de una cisterna del Siapa, porque no suben las pipas hasta acá. El problema es que nos quedamos sin agua muchos días”. (“Es horrible vivir en el Cerro del Cuatro”, El Informador, 17/09/2012).

Otro fenómeno urbano es el de los “cotos” o urbanizaciones cerradas. En el AMG hay unos 2,500 que se extienden sobre 14% de la “ciudad construida”, estima Bernd Pfannenstein, geógrafo de la Universidad de Passau, en entrevista con el periodista Agustín del Castillo, y añade: “En el AMG se están desarrollando comunidades aisladas que están fragmentando el territorio. Dicho proceso espacial se convierte en una evidencia para entender cómo se segregan los grupos sociales dentro del espacio urbano” (Milenio Jalisco, 16/01/2017). No dudo de la competencia de este estudioso alemán, pero disiento de algunos de sus cuestionamientos.

Los cotos son parte de la inmensa y desigual conformación de esta metrópoli y producto de la violencia y la inseguridad que las autoridades no han podido controlar. Quien esto escribe vive en uno de ellos, una comunidad de 200 familias organizadas que deciden sobre asuntos de seguridad, separación y recolección de basura, mantenimiento de áreas verdes dentro y fuera de las “murallas”, e incluso le hacen llegar sugerencias y observaciones al presidente municipal de Tlajomulco en problemas de movilidad y mantenimiento de banquetas y camellones.

La seguridad dentro de las denostadas bardas –y no “murallas”– es algo inapreciable para todas esas familias, sobre todo las que tienen niños: ¿quién puede oponerse a que éstos jueguen libremente en los jardines, en la alberca, a que anden en bicicleta por andadores flanqueados por rozagantes palmeras? Las universidades son espacios cerrados, y muchas instituciones educativas privadas también están “amuralladas” –lo mismo que grandes hospitales, por ejemplo–, y no conozco a nadie que afirme que son espacios cercenados del resto de la ciudad –y lo mismo pasa con los enormes edificios cuyos voraces constructores se pasan por alto las regulaciones oficiales: siempre es posible pagar una multa.

Hay muchas colonias a las que nadie que no viva ahí se atrevería a atravesar por temor a ser robado, secuestrado o asesinado –aquí y en Nueva York–. La ciudad está dividida en diferentes sectores sociales y, a menos que alcancemos un sistema en el que una mejor distribución de la riqueza sea una realidad y se puedan abatir los índices de criminalidad, eso será una triste y desigual realidad.

“Este tipo de autosegregación residencial parece surgir como respuesta a las necesidades de la misma sociedad”, continúa Pfannenstein en la entrevista con Del Castillo, “pues percibe una mejora en la calidad de vida al habitar en una fortaleza, pues les garantiza seguridad y bienestar; esta decisión implica una desconexión de la ciudad, propiciando el surgimiento de las islas urbanas”. ¿Fortaleza, islas urbanas? El uso de estos términos me parece un tanto exagerado, como seguramente lo es para miles de profesionistas, académicos, profesores y técnicos que habitan en cotos –y seguramente algunos narcotraficantes y políticos corruptos– que cada día salen a trabajar hacia distintos puntos de la urbe y que interactúan con diversos actores sociales, igual que los habitantes de los demás barrios y colonias. No hay tal desconexión, no somos extraños ni ajenos a ellos. Afirmaciones como “construir vivienda aislada no es hacer ciudad. Construir muros no es hacer comunidad” no me parecen las más pertinentes para un académico, pues denotan cierto resabio prejuicioso respecto de los moradores de esas “fortalezas”, personas inconscientes, egoístas y hasta medievales.

La ciudad es un monstruo, resultado de cientos de años de pésima planeación, irresponsabilidad, ineptitud y corrupción de las autoridades y apatía de sus habitantes. Solamente con una ciudadanía informada, responsable y participativa, empresarios y constructoras con ética y con funcionarios públicos más interesados en una gestión eficiente que en su beneficio personal podremos devolverle su humanidad, el equilibrio siempre a punto de perderse en la irrefrenable búsqueda del progreso y la civilización.

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