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Miércoles , 17.10.2018 / 18:31 Hoy

Columna de Rogelio Villareal

Fui a Tuxcacuesco porque...

Rogelio Villarreal

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Fui a Tuxcacuesco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Maurilio Gutiérrez”, reza el comienzo del borrador de Pedro Páramo, una de las novelas fantásticas más celebradas por la crítica y por el público mexicano e internacional casi desde su aparición (hay unas cincuenta traducciones circulando actualmente por el mundo). Antes de salir de las prensas tuvo varios títulos en diversos adelantos a revistas como Letras Patrias, Dintel y la de la Universidad de México: Una estrella junto a la luna, Los desiertos de la tierra y Los murmullos. En La ficción de la memoria, Federico Campbell recupera la investigación del padre Juan Manuel Galaviz, quien tuvo acceso a los archivos del Centro Mexicano de Escritores, donde Juan Rulfo era becario, y pudo descubrir, como dice Martín Solares, “la prehistoria de la novela”. Así, se sabe que Susana San Juan originalmente se llamaba Susana Forster y Pedro Páramo llevaba el poco literario nombre de Maurilio Gutiérrez, pero Rulfo trabajó pacientemente en su vieja Remington Rand y al cabo de unos años ofreció una versión pulida casi hasta la perfección, en la que había eliminado por lo menos un centenar de cuartillas con repeticiones, pasajes innecesarios y referencias a personas y lugares —aunque en las sucesivas ediciones del Fondo de Cultura Económica aún habría correcciones, reacomodos y retoques.

Aún falta casi un año para conmemorar el centenario del nacimiento del autor de una obra tan breve como extraordinaria, pero hemos decidido empezar a ofrecer algunos aspectos poco conocidos de la vida y el trabajo de un hombre al que la muerte rondaba desde niño, un hombre solitario y ensimismado que escribió una historia de fantasmas que hoy es considerada una de las obras mayores de la literatura contemporánea. “Mi abuelo [materno] murió cuando yo tenía cuatro años... Mi padre murió cuando tenía seis [fue asesinado], mi madre cuando tenía ocho. Entretanto mataron a dos hermanos de mi padre, luego, murió mi abuelo paterno... Otro tío mío murió ahogado en un naufragio, y así, de 1922 a 1930 sólo conocí la muerte”, les contó a Fernando Benítez y Elena Poniatowska, y añadió, el rostro adusto, sin mirar a los ojos: “Yo sé que todos los hombres están solos, pero yo más”.

La célebre novela del taciturno jalisciense —nacido en Sayula el 16 de mayo de 1917 y muerto en la Ciudad de México el 7 de enero de 1986— fue publicada en 1955 con un tiraje de dos mil ejemplares, vendió la mitad de la edición en cuatro años y el resto se obsequiaron. Rulfo escribió treinta años después: “En la Revista de la Universidad el propio Alí Chumacero comentó que a Pedro Páramo le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Pensé que era algo injusto, pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le dije a mi querido amigo Alí: ‘Eres el jefe de producción del Fondo [de Cultura Económica] y escribes que el libro no es bueno”. Alí me contestó: ‘No te preocupes, de todos modos no se venderá’”.

En 1965 ya se habían publicado siete ediciones. El poeta oaxaqueño Andrés Henestrosa dijo entonces que “la admiración por la obra de Rulfo es unánime. No se registra en torno a Pedro Páramo una sola discrepancia que ataña a su esencia, se la elogia como una gran novela que es. Sus repetidas ediciones son el mejor signo de su calidad superior”. La verdad es que la crítica no había sido unánime, pues hubo algunas voces que la recibieron con acritud.

En las reuniones del Centro Mexicano de Escritores, cuenta Rulfo, “Miguel Guardia encontraba en el manuscrito sólo un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir en que mi libro era una porquería. [...] El poeta guatemalteco Otto Raúl González me aconsejó leer novelas antes de sentarme a escribir una. Leer novelas es lo que había hecho toda mi vida. Otros encontraban mis páginas ‘muy faulknerianas’, pero en aquel entonces yo aún no leía a Faulkner” —aunque Emmanuel Carballo dice que sí, pues una vez Rulfo le prestó un libro “todo sudado” del escritor estadunidense—. El cineasta y también escritor Archibaldo Burns escribió que el de Sayula “hace una revoltura de elementos que produce confusión. Los personajes nos parecen desdibujados, están tratados como paisaje, y el paisaje está concebido como personaje. Les falta estructuración como arquitectura al relato”.

Pronto la calidad de la novela se impuso y en pocos años empezaba a gozar de prestigio no solamente en México, sino en la América hispana y en Europa. Mariana Frenk–Westheim la tradujo al alemán en 1958. “Estoy convencida”, escribió, “de que [los alemanes] quedarán impresionados por la intensidad y densidad del mundo de Rulfo, por su visión sombríamente poética de la vida. [...] Esa técnica a la que aludió Juan Rulfo cuando alguna vez me dijo: ‘En mi libro están rotos el tiempo y el espacio’”. Octavio Paz, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Augusto Monterroso, Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis y Jorge Luis Borges exaltaban la novela. “Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura”, dijo de ella el gran escritor argentino.

Pedro Páramo es una novela sobre un tiempo brumoso y un espacio imaginario, mexicana y universal, sobre el poder, la vida y la muerte, escrita con una genialidad que pocas obras posteriores han podido alcanzar.

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