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Columna de Rogelio Villareal

El poeta y el asesino

Rogelio Villarreal

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Leo en Milenio del jueves pasado una nota en la que los familiares del poeta salvadoreño Roque Dalton piden a la Corte Suprema de Justicia que se reabra el caso “para conocer la verdad de los hechos ocurridos hace 43 años, cuando fue victimado”. Dalton fue asesinado por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo el 10 de mayo de 1975, acusado de ser un agente de la CIA. El ejecutor fue Joaquín Villalobos.

En su artículo “Doce mitos de la guerra contra el narco” (Nexos, enero de 2010), el ex guerrillero salvadoreño Joaquín Villalobos defendía la guerra contra el narco de Felipe Calderón con estas palabras: “Quien está teniendo más muertos, capturas y deterioro moral en sus filas es quien va perdiendo la guerra”, escribe Villalobos, y continuaba: “y en el caso de México son los narcotraficantes”. Afirmaba que “la mayor parte de las bajas de los delincuentes resultan del proceso de autodestrucción de los cárteles, que se profundiza cuando el Estado los confronta; en este tipo de guerra, esto es un progreso”, observaba con un optimismo que ahora nos parece incomprensible. Ese ensayo mereció en la XXI Reunión de Embajadores y Cónsules de México, del 7 de enero de ese año, el elogio del presidente Calderón. Poco menos de un mes más tarde, quince jóvenes –muy probablemente inocentes– fueron violentamente asesinados en Ciudad Juárez por presuntos sicarios del narcotráfico.

Joaquín Villalobos es un personaje polémico por su violento pasado; hoy es “consultor internacional en solución de conflictos” y cercano a ex presidentes como Carlos Salinas de Gortari y Álvaro Uribe. “Ahora se proclama abanderado de una izquierda distinta, [pero Villalobos] es nada más y nada menos que uno de los asesinos de mi padre, el poeta salvadoreño Roque Dalton García”. Es Jorge Dalton quien lo denuncia en “La noche de los asesinos” (cubanet.org, 19 de octubre de 2005), aunque ya Gabriel Zaid nos lo había recordado hace más de veinte años en “Camaradas enemigos” (De los libros al poder, México: Grijalbo, 1988), ensayo en el que relata la procedencia y las relaciones de parentesco entre la clase dirigente de El Salvador y entre ésta y los líderes de las guerrillas, así como los ajustes de cuentas entre sus distintas facciones.

Joaquín Villalobos fue uno de los máximos dirigentes militares del Ejército Revolucionario del Pueblo. Guillermo Osorno lo entrevistó en Oxford cuando Villalobos se dedicaba ya a la investigación. “Cuesta trabajo pensar que sobre él pesan la ejecución, a mediados de los setenta, del poeta salvadoreño Roque Dalton”, escribe Osorno; “el ajusticiamiento de más de una decena de alcaldes en la zona ocupada por el FMLN; el reclutamiento forzoso de jóvenes guerrilleros; el descuido en la implantación y retiro de minas antipersonales, que provocó tantas muertes civiles al final del conflicto” (Letras Libres, septiembre de 1999).

Una persona tiene derecho a cambiar de ideas y de actividades, renegar de su pasado —más aún si éste se halla poblado de crímenes— y reintegrarse a la vida civil. Pero en el caso del marxista Villalobos, sus asesinatos no fueron castigados por la justicia. Como el de Roque Dalton. En 1975, con otros guerrilleros, Villalobos lo secuestró y sometió a “consejo de guerra” por los constantes “cuestionamientos que el poeta hacía sobre los métodos estalinistas y maoístas empleados por la dirección de esa organización”, escribe el hijo de Dalton, y prosigue: “El poeta fue golpeado salvajemente durante los días previos a su asesinato. Sus verdugos, entre ellos Villalobos, sabían de antemano a quién asesinarían. Se jactaban diciéndole en cada golpiza que pronto acabarían con la vida de un ‘intelectual de mierda y pequeño burgués’, [y que] ‘en las filas de los revolucionarios no había cabida para semejantes traidores’”. Hoy Villalobos se codea con intelectuales ilustres y al parecer vive sin remordimientos.

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