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Martes , 14.08.2018 / 23:07 Hoy

Tiempo vivido

La muerte y los mexicanos

Rodolfo Esparza Cárdenas

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Tomoanchan y Tlalocan, es un interesante texto de Alfredo López-Austin que a menudo recomiendo, sobre todo cuando se refieren con gran admiración a la alegoría greco-romana. Aquí estudia estos dos lugares sagrados que en la mitología mesoamericana tuvieron fundamental importancia.

Seguiré algunos contenidos –y agregados- que se relacionan con lo más profundo del significado del círculo vida-muerte, de manera que las ideas que les parezcan brillantes son de él, y de los textos indígenas, aunque ya las haya adoptado un servidor porque invitan a la reflexión compleja y profunda y desencadenan la admiración por esas y otras construcciones culturales de los habitantes del altiplano mexicano, que en mi opinión dejan muy atrás a las europeas, cuando menos.

Tomoanchan es el sitio de la creación, desde donde Ometecuhtli y Omecíhuatl (ome-dos / tecuhtli-señor y cíhuatl-mujer), la pareja divina, envían el germen anímico del niño al vientre de la madre; y donde también los dioses pusieron el maíz en los labios del hombre luego de haber triturado los granos con sus muelas.

En tanto Tlalocan es el lugar de la muerte; una montaña hueca llena de frutos, siempre en estación productiva, adonde van los hombres muertos bajo la protección o por el ataque del dios de la lluvia, los ahogados, los muertos por un rayo.

Hablan de la circulación de las fuerzas cósmicas, de las sustancias sutiles que dan naturaleza, que transforman y animan a los seres del mundo, sitio de origen y destino de las fuerzas divinas que se encuentran en el interior de las criaturas.

Para los mesoamericanos el ser humano estaba formado por varias entidades anímicas cuya sustancia nació, como todos los dioses, de un proceso transformador que dividió al primigenio en dos partes opuestas y complementarias: la tierra y el cielo.

Los dioses y los hombres explican su constitución a partir de una diosa original, acuática, caótica. Su naturaleza original se conservó en la parte inferior del cosmos; la parte superior adquirió las características masculinas.

La separación de ambas partes de la diosa fue sostenida con postes que impiden su recomposición. Imaginemos un árbol: raíces, tronco, copa, por cuyo interior, por los huecos, como la sabia, viajaron los dioses.

Los dioses de arriba y de abajo eran fragmentos de la diosa, los primeros en los nueve cielos superiores: Chicnauhtopan; cuatro en la superficie de la tierra: Tlalticpac, y nueve más del inframundo: Chicnauhmictlan, los lugares de la muerte, del dios Mictlantecuhtli. ¿Interesante?


r_esparzac@yahoo.com.mx

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