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Miércoles , 20.06.2018 / 01:06 Hoy

Columna de Roberto Castelán Rueda

Menores

Roberto Castelán Rueda

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Les dice uno, no se suban a la barda, pero no entienden, ahí van, se vuelven a subir y pues se caen, ni modos”. Frase célebre digna de ser inmortalizada en letras de oro en las paredes del Congreso, del Palacio de Justicia, del Palacio de Gobierno y en cualquier lugar por donde pasee su cuidada figura quien tenga sobre sus anchos hombros la honrosa encomienda de gobernar al Estado y su bola de chiquillos destetados que lo habitan.

La frase es una sintética interpretación del pensamiento clásico griego hecha por quienes se preocupan por la felicidad de su pueblo y consagran su vida a ello, cuidándolo, protegiéndolo, para que nunca lo alcance la maldad.

El pueblo es un niño que requiere de grandes cuidados. Las acechanzas de todo tipo están a la vuelta de la esquina. Nomás se descuida uno y ya están metidos en algún vicio de los adultos.

O peor aún, como buenos chiquillos traviesos, ahí andan nomás detrás de los adultos viendo a ver qué chisme escuchan de sus mayores. Y pues eso no está bien. Las pláticas de adultos son pláticas de adultos.

Los menores de edad no deben tener las mismas preocupaciones que sus mayores, si no, qué educación les estamos dando. Cuánta preocupación, cuánta información que no es de su incumbencia les estaríamos pasando y pues no, eso daña su crecimiento.

Por eso fue un acierto que la máxima autoridad adulta de nuestro estado -no señor cardenal, usted no- los regañara y les hablara “fuerte y claro” cuando la bola de chiquillos ahí andaba queriendo meter sus narices en el asunto del tren ligero, o metro, o subway, o trenecito.

Pues qué se creen estos, pues. Ni que estuviéramos hablando del chucuchucu (digresión sobre la historia del pleistoceno tapatío), o de algún asunto propio de su minoría de edad.

No jovencitos, hay temas “sensibles” que por “obvias razones” ustedes no deben enterarse. Es por su bien. Ya se les informará, probablemente, un domingo en algún desayuno familiar, siempre y cuando los adultos lo consideren oportuno.

Es que si les llegara a pasar un accidente por andar de metiches, los adultos no nos lo perdonaríamos. Hoy tal vez no lo entiendan, pero algún día, si es que llegan a la adultez, pondrán una mirada nostálgica, se acordarán de lo que un buen padre cariñoso hacía por ustedes, y dirán, con un leve temblor en los labios: cuánta razón tenía el viejo.

Ya tendrán hijos, ahí pagarán las pagarán todas.

Bribonsotes.

roberto.castelan.rueda@gmail.com

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