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Lunes , 10.12.2018 / 10:02 Hoy

Perdón, pero...

Pensar el terrorismo

Roberto Blancarte

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¿Por qué unos jóvenes, en su mayoría veinteañeros, tendrían la voluntad de matar y convertirse en mártires del Islam y de la causa del Estado Islámico? ¿Por qué, si no eran precisamente los más marginados, si hablaban catalán y vivían en España desde su infancia, habrían de convertirse en asesinos y perseguidos por la justicia? ¿Qué pensaban que lograrían, poniendo bombas de gas butano o atropellando a civiles inocentes, niños, hombres, mujeres y ancianos? Es todavía muy temprano para saberlo, aunque la pista principal conduzca a un imam que los habría radicalizado. Es una respuesta posiblemente veraz, pero demasiado fácil. La cuestión es saber por qué jóvenes aparentemente integrados al sistema escolar y laboral deciden hacerle caso a un discurso de rencor, de odio y de venganza, contra el mundo occidental; ese que, pese a todo, acogió a sus padres y abuelos, a ellos mismos, en circunstancias muchas veces difíciles, en condiciones que, también es cierto, pueden ser infrahumanas, en ocasiones, pero que no son peores que las vividas en sus lugares de origen. De todas maneras, quienes producen los atentados no suelen ser los que están en las peores condiciones materiales en los países receptores. Son jóvenes a quienes el Islam les dio, paradójicamente, una identidad “religiosa” y un propósito de vida que se convierte al mismo tiempo en un propósito de muerte.

Las religiones son así, porque todas buscan generar un sentido de pertenencia por encima de la familia, de los amigos, de las naciones. Y, contrariamente a lo que se piensa, por lo mismo, son portadoras de faccionalismos y de violencia. El que no me crea, que lea el Evangelio según San Mateo, 10:34-38. Decía Jesús: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí; El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará”.

roberto.blancarte@milenio.com

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