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Perdón, pero...

Nota juarista (para los políticos de 2018)

Roberto Blancarte

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Narra el propio Benito Juárez, en sus Apuntes para mis hijos, un episodio que habría de marcar nuestra historia al imponer un criterio liberal en la relación que deben tener los funcionarios con sus creencias personales y con las instituciones religiosas. Juárez explica que a mediados del siglo XIX “era costumbre autorizada por ley de aquel estado [Oaxaca] lo mismo que en los demás de la República, que cuando tomaba posesión el gobernador, éste concurría con todas las demás autoridades al Te Deum que se cantaba en la catedral”. Pero en 1857 “el clero hacía una guerra abierta a la autoridad civil” y muy especialmente a Juárez por la ley de administración de justicia que había expedido el 23 de noviembre de 1855, por lo cual consideraba a los gobernantes como “herejes y excomulgados”. Así que los canónigos de Oaxaca decidieron cerrar la puerta de la Iglesia para no recibir al gobernador con “la siniestra mira de comprometer a usar la fuerza mandando abrir las puertas con la policía armada y aprehender a los canónigos”. Juárez no cayó en la trampa y señaló lo que de ahí en adelante sería norma para el liberalismo mexicano: “Aunque contaba yo con fuerzas suficientes para hacerme respetar procediendo contra los sediciosos […] resolví, sin embargo, omitir la asistencia al Te Deum, no por temor a los canónigos, sino por la convicción que tenía de que los gobernadores de la sociedad civil no deben asistir como tales a ninguna ceremonia eclesiástica, si bien como hombres pueden asistir a los templos a practicar los actos de devoción que su religión les dicte. Los gobiernos civiles —remarcó Juárez— no deben tener religión porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente ese deber si fueran sectarios de alguna […] Además, consideré que no debiendo ejercer ninguna función eclesiástica ni gobernar a nombre de la Iglesia, sino del pueblo que me había elegido, mi autoridad quedaba íntegra y perfecta, con solo la protesta que hice ante los representantes del estado de cumplir fielmente mi deber.” Así nació el Estado laico en México y es por ello que dicha norma se recogió en la Constitución y en las posteriores leyes que rigen la actuación de los funcionarios públicos del país. Lo cual es simplemente ignorado por la mayoría de nuestros actuales políticos.

roberto.blancarte@milenio.com

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