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Martes , 23.10.2018 / 00:31 Hoy

No lo extrañaremos

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En el estilo que le caracterizó durante buena parte de su labor al frente de la Arquidiócesis de México, el cardenal Norberto Rivera se retira de la misma (más precisamente se jubila, al convertirse en arzobispo emérito) lanzando golpes bajos y peleándose con los medios y con todos aquellos que se atrevieron a denunciarlo. Usando el semanario Desde la fe, con el que solía lanzar la piedra y esconder la mano, al que le otorgaba una falsa autonomía que nunca concedió a nadie en su arquidiócesis, se defiende de lo que se señala como calumnias sistemáticas de periodistas y “otros personajes cuestionables”. Todo un alegato para defenderse de la acusación de haber encubierto delitos de algunos clérigos, señalados como pederastas.

La verdad es que, más allá de estas acusaciones específicas, que en efecto se dirimieron en tribunales extranjeros porque aquí la justicia todavía no está acostumbrada a tocar a obispos católicos, los pecados del cardenal son muchos y giran alrededor de la soberbia; para decirlo en una frase coloquial: Norberto Rivera se subió a un ladrillo y se mareó. De ser un humilde obispo de Tehuacán pasó a dirigir una de las dos arquidiócesis más importantes del país (la otra es la de Guadalajara) y “se le subió”. Taimado como pocos, fue amigo y protector de Marcial Maciel y de los Legionarios de Cristo. No fue el único, ciertamente, pero usó todo su poder para las causas más retrógradas y para frenar a todos los que se atrevían a criticarlo. Se acostumbró muy rápido al poder y a los lujos, con los que muchos fieles encumbrados suelen rodear a sus jerarcas religiosos. La verdad también es que muy pronto se ganó la animadversión de la mayoría de sus hermanos obispos, quienes nunca quisieron elegirlo a la Presidencia de la Conferencia del Episcopado Mexicano, cargo que le hubiera sido casi natural. Muchas veces oí a sus compañeros prelados quejarse de su protagonismo y prepotencia. Con la sociedad civil tampoco supo llevarse. Para muestra, sus malas relaciones con la prensa crítica. Además, en sus 20 años de gestión, Ciudad de México se convirtió en la más liberal y secularizada del país. Lo cual no es todo responsabilidad suya, pero si constituye una muestra de su fracaso pastoral. Rodeado de sus aduladores y adoradores, nunca entendió dónde estaba parado. Ahora se va, por la gracia de Dios y del Código de Derecho Canónico. La verdad es que no lo vamos a extrañar.

roberto.blancarte@milenio.com

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