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Jueves , 21.06.2018 / 05:58 Hoy

Perdón, pero...

Lo que nos faltaba: otro mesías

Roberto Blancarte

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Ya bastante complicado es el panorama de las libertades civiles con la presión que ejercen algunos líderes religiosos contra la República laica (según lo establece el artículo 40 de la Constitución), como para que ahora se le sumen funcionarios públicos desorientados, que confunden su papel como servidores públicos (que deben ser laicos), con el de misioneros religiosos o mesías surgidos al calor del momento electoral. A López Obrador se le suma en esa competencia el gobernador de Nuevo León, no por nada apodado El Bronco. En sus momentos de inspiración espiritual, ahora ignora más de siglo y medio de separación entre el Estado y las Iglesias, para decretar que “el gobierno necesita trabajar también en la fe, ya no andar con esas idiotas diferencias entre que si creemos o no en algo porque somos laicos, (porque) eso nos ha ido destruyendo”. En sus ansías electorales, El Bronco, hace gala no solo de oportunismo ante públicos religiosos, sino de supina ignorancia respecto a la razón de ser del Estado laico y a la importancia de que un funcionario público mantenga una distancia, en tanto que funcionario, de sus convicciones religiosas. El gobernador de Nuevo León ignora y viola la Constitución y la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público. Se asume a sí mismo, además, como una especie de sacerdote universal (al igual que El Peje) e incluso va más allá. Señala, mostrando infinita ignorancia, que es la laicidad la que nos ha venido destruyendo como sociedad. ¿Qué tiene que ver la laicidad con las drogas? A menos que crea, como lo hizo alguna vez Calderón, que los jóvenes delinquen porque ya no creen en Dios. Este gobernadorcito debía darse una vuelta por las cárceles de su estado, para ver cómo están repletas de creyentes religiosos. “Quizás estoy hablando como un pastor o como un padre, como un cura, pero soy un simple ciudadano que gobierna este estado”, nos dice. Está hablando como líder religioso, en efecto, pero no es un simple ciudadano. Es un servidor público que fue elegido para servir a todos, como gobernante, no como pastor de una Iglesia. Y está sujeto a lo que las leyes y a la Constitución le permiten hacer. Y eso no incluye decir las sandeces que dijo, ni terminar sus discursos con la arenga “Dios es grande”, que, por lo demás, es lo mismo que gritan los terroristas islámicos cuando realizan un atentado: ¡Allah ho akbar!

roberto.blancarte@milenio.com

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