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Jueves , 18.10.2018 / 15:58 Hoy

Perdón, pero...

Las mujeres en la Iglesia católica

Roberto Blancarte

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Hay un dato ineludible cuando se analiza el papel de las mujeres en la Iglesia católica: ninguna de ellas puede ser papa o papesa, porque para serlo se requiere ser sacerdote; por lo tanto, como ninguna mujer puede serlo, tampoco puede tener una verdadera posición de poder jurisdiccional dentro de la institución; no puede estar al frente de una parroquia ni mucho menos de una diócesis. Eso no significa, sin embargo, que, en algunos lugares, en algún momento de la historia, las mujeres no hayan tenido cierto poder en la Iglesia. Algunas abadesas tuvieron poder e influencia en la Edad Media; en otros momentos, las mujeres se han hecho presentes y la han sacudido. Pero son ejemplos escasos que no rompen la estructura de poder absolutamente machista que hay dentro de la institución. Por eso hay tanto problema con las parejas de los diáconos, quienes tienen así el primer grado del sacerdocio y, por lo tanto, del control de los sacramentos en la Iglesia. Y por eso, a pesar de los cuestionamientos y las peticiones recurrentes para revisar el papel de las mujeres en la institución, de la formación o sugerencia de integración de comisiones para estudiar el caso, lo cierto es que las mujeres en la Iglesia no son más que miembros de segunda clase, completamente sujetas a las posturas y posiciones de los hombres. Desempeñan un papel valiosísimo, dicen algunos que pretenden defenderlas, pero en la práctica son vistas, en el mejor de los casos, como complementos de los hombres. En el peor, como sus sirvientas. Es lo que acaban de descubrir y publicar en el Vaticano, lo cual es ya un avance.

Ya en otra ocasión en este mismo espacio he narrado cómo, cuando fui consejero en la Embajada de México ante la santa sede y los directivos de alguna congregación masculina nos invitaban a visitarlos, siempre nos decían que allí había unas mexicanas y las llamaban: eran invariablemente unas monjitas que se dedicaban a limpiar, lavar, cocinar y todas las labores domésticas: en suma, eran las sirvientas. Las cosas, por supuesto, no han cambiado. Como tampoco ha cambiado el papel que en general la institución les otorga a las católicas en general: son buenas para reproducir y para cuidar la casa, de donde, de preferencia, no deben de salir. Pero la situación se ha vuelto insostenible. Ni las 700 mil mujeres consagradas ni las creyentes católicas en general están muy dispuestas ya a seguir con ese mismo papel.

roberto.blancarte@milenio.com

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