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Perdón, pero...

La supremacía del temor

Roberto Blancarte

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Los sucesos del fin de semana pasado en Charlottesville, Virginia, han sido presentados como la muestra del peligro de un discurso presidencial racista, antiinmigrante, xenofóbico, que ha alimentado a los grupos extremistas y particularmente a todos aquellos que proponen la supremacía blanca en Estados Unidos y, como consecuencia, en el mundo. Ciertamente, es muy difícil negar la conexión entre muchos de los discursos y acciones de Trump, no solo durante su campaña, sino después, ya como presidente electo y en funciones, con la reaparición en la escena pública de muchos de estos grupos de corte racista. La preocupación sobre la fuerza de estas agrupaciones se ha disparado obviamente, sobre todo por el temor de que estén siendo promovidas, o por lo menos alentadas, por el poder presidencial en Washington. Las primeras reacciones a los comentarios de Trump, no completamente corregidas por él mismo, hasta muchos días después, respecto a los incidentes en Charlottesville, van en ese sentido. ¿Por qué el presidente no condenó inicialmente a los blancos supremacistas?

Es evidente, sin embargo, que la concepción de Trump y la de los supremacistas blancos son, en el fondo, producto del temor a la pluralidad y, en ese sentido, defensivas. En otras palabras, la evidente agresividad que está siendo desatada por la actual situación política en Estados Unidos es producto de viejos temores respecto a lo que sucedería con una sociedad en la que no solo los blancos, sino gente de otro color, tuviesen los mismos derechos. El Ku Klux Klan, surgido inmediatamente después de la guerra civil, es precisamente un gran ejemplo de los temores de los blancos respecto a lo que sucedería en su sociedad si los negros, al obtener su libertad, terminarían con su civilización. Los temores, evidentemente, eran infundados, pero eso no eliminó la violencia de los supremacistas blancos. Tampoco detuvo la inserción paulatina, difícil y compleja, de los afroamericanos en la sociedad estadunidense. Por todo lo anterior, la llegada de Obama a la Presidencia de Estados Unidos significó la mayor afrenta para todos estos grupos.

Me parece que así debemos entender a Trump y a muchos de sus seguidores. Es el bravucón, que en realidad se muere de miedo por lo que él considera es el fin de su civilización. Ignora que, en realidad, la verdadera riqueza de su civilización no proviene de su blancura, sino de su pluralidad.

roberto.blancarte@milenio.com

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