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Perdón, pero...

La renuncia

Roberto Blancarte

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Nunca había tenido tantos amigos en el gobierno. O, para no comprometer el concepto de amistad ni a los personajes involucrados, diré que nunca había tenido tantos “conocidos” en las altas esferas gubernamentales.

Hay de todo: viejos camaradas del Partido Comunista Mexicano, del PSUM o de las antiguas agrupaciones partidistas de izquierda, ex compañeros de mis años de educación superior, gente que me ha dado clases o a la que yo le he dado clases, ex miembros del PRD que se pasaron al movimiento de AMLO o que lo siguieron desde el principio, ex funcionarios de distintas administraciones, ex priistas convencidos que lo fueron hasta que los cambios políticos los llevaron a seguir sus ambiciones políticas en otros lados, políticos que generaron el concepto de chapulines con sus conductas, toda clase de oportunistas, ex panistas, ex foxistas, que aplaudieron la llegada del populista conservador y luego se decepcionaron, personas que defienden los derechos sexuales y reproductivos, actores y actrices que organizan performances políticos, colegas de trabajo y académicos que creen en las bondades del populismo, etcétera.

En fin, una gama de personajes que componen las filas de Morena y sus seguidores no necesariamente afiliados. Insisto, a todos los tengo por amigos o, cuando menos, por conocidos míos. Y a muchos de ellos los considero sinceros en sus convicciones.

Pero también creo, y ya lo he dicho aquí antes, que ninguno de ellos, por más encumbrados que estén en el aparato del partido o del gobierno, tiene la capacidad (ya no digamos la voluntad) de ejercer un contrapeso a su líder, al que consideran incuestionable y al que no se le puede, ya no digamos enfrentar, sino simplemente contradecir. No hay, no veo, en suma, a alguien que le pueda decir a AMLO: no tiene usted razón, está equivocado, esto es un error y sobre todo, esto es ilegal.

Lo anterior, lo de mis conocidos, viene a cuento porque conozco, sé a ciencia cierta, que gran parte de ellos son políticos convencidos de la necesidad de un Estado laico y de todo los derechos que éste protege y garantiza. Muchos, desde sus particulares trincheras, lo han defendido y han contribuido a que se consolide. Y sin embargo, ahora están mudos.

Y digo “están” porque no lo “son”. Pero han decidido, por diversas razones, que ahora deben de callar frente a las diversas violaciones a la Constitución y las leyes. Sacrifican su libertad de expresión y de opinión, a cambio de un bien que ellos consideran superior. Han renunciado a la autonomía de pensamiento y la voluntad propia, porque ya nada depende de ellos.

Quizás se imaginan que podrán hablar al oído al todopoderoso, pero saben muy bien que al final, él hará lo que quiera. Ese es para mí el gran problema de este gobierno: no hay quien corrija al Presidente, no hay quien matice su visión de blanco y negro, o tenga derecho a una opinión discordante. Entre sus seguidores, solo hay quien le aplaude, le canta las mañanitas o lo colma de elogios, como el gran salvador de la patria, el ser de luz que de la mano de Dios nos llevará al bienestar y la paz anhelada. Renunciaron a su verdad, a su voluntad y a su libertad.

roberto.blancarte@milenio.com

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