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Martes , 18.09.2018 / 23:18 Hoy

Perdón, pero...

De migraciones y refugiados

Roberto Blancarte

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La crisis actual de los refugiados de Asia y África en Europa muestra una vez más los efectos y el impacto de la globalización que la humanidad está experimentando. Casi nada escapa ya a ese fenómeno, casi nadie se puede sustraer a sus consecuencias y muy pocos lugares están fuera de su alcance. No es la primera vez que sucede. A fines del siglo XV, el mundo se transformó con los descubrimientos de nuevas tierras, sobre todo en el continente que habría de llamarse injustamente "América", pues estos transformaron el mundo, desde la manera de comer de los europeos, hasta la manera de pagar de los chinos. Luego, en el siglo XIX, el mundo conoció lo que se calificó como "la primera globalización del mundo moderno". Allí se dio por primera vez una verdadera integración de la economía mundial y las migraciones se aceleraron. Millones de personas viajaron de Europa o de Asia (China, Japón, Medio Oriente) a América o a otros lugares como Australia. La tercera globalización, o la segunda del mundo moderno, es mucho más compleja: se relaciona con la intensificación en el intercambio de productos, con la información que se transmite a mayor velocidad y en mayor cantidad, con flujos financieros completamente internacionalizados, procesos de producción transnacionalizados y mucha más gente migrando. La diferencia, sin embargo, es que, contrariamente a otros siglos, en esta ocasión esos migrantes están encontrando las puertas cerradas. La idea de que las migraciones no son buenas se ha apoderado del mundo y ahora los migrantes son vistos con suspicacia y temor. Como antes, son acusados de pervertir la esencia cultural de las naciones (cosa que nunca existió). Pero además, al contrario de otras épocas en que eran vistos como benéficos para las economías de los países, ahora son señalados como una carga para las mismas.

Una parte importante en la gestación de estos temores es la cuestión cultural y, por lo tanto, religiosa. Se asume que los migrantes no se van a integrar a las sociedades receptoras, que no van a compartir sus valores esenciales y que, por lo tanto, van a pervertir su esencia. Los recientes acontecimientos, en los que se ha visto a jóvenes que crecieron en Occidente, viajar al Medio Oriente para integrarse al Estado islámico, ha terminado por alimentar el discurso y la fuerza política de la extrema derecha. Lo que nadie ve es que no son esos refugiados los que realmente rechazan los valores de Occidente, sino es la extrema derecha misma la que durante siglos se ha negado a aceptar dichos valores y en particular el pluralismo cultural. México no escapa a dicha tendencia xenofóbica.


roberto.blancarte@milenio.com

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