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Viernes , 25.05.2018 / 18:25 Hoy

Columna de Roberto Blancarte

Peña Nieto y el Vaticano

Roberto Blancarte

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No hay ningún problema en que el presidente Enrique Peña Nieto acuda al Vaticano para entrevistarse con el papa Francisco. Es lo más normal que el dirigente de nuestra República laica se entreviste con éste y otros líderes religiosos del mundo. Pero es también lógico que no pocos mexicanos se pregunten por qué es necesario ese viaje y sobre todo en este particular momento. No está de más recordarlo: hay 20 millones de mexicanos que no son católicos y que por lo tanto no necesariamente ven con agrado un viaje de este tipo. Hay además muchos católicos (una buena mayoría, según las encuestas) favorables al Estado laico, que desconfían de los acercamientos del poder político con la Santa Sede, por la sencilla razón de que casi nunca éstos han sido buenos para las libertades civiles.

El actual contexto político y social en México genera particulares dudas y suspicacias. Por un lado, los obispos mexicanos acaban de culminar con su obligada visita ad limina, que deben realizar al Vaticano cada 5 años. Por el otro, el debate sobre la despenalización del aborto se acaba de volver a encender con varias iniciativas en diversos estados. Pudiera ser que ambas cuestiones estén ligadas. En los informes que los obispos envían al Vaticano con motivo de su visita quinquenal, ellos ofrecen su perspectiva pastoral y social de las diócesis que dirigen. La Secretaría de Estado de la Santa Sede elabora con ello una reacción que el Papa ofrece a los obispos cuando los recibe. Es otras palabras, lo que el Pontífice les dice a los obispos es de alguna manera lo mismo que los obispos le han informado anteriormente al Papa. Y algunos obispos no han sido muy suaves con la situación socioeconómica de México. Otros, más conservadores, han insistido en el tema de “la vida”.

La pregunta es: ¿en ese contexto a qué va Peña Nieto al Vaticano? La razón oficial es que esta visita “fomentará la amistad y la colaboración con El Vaticano dado su carácter de actor estratégico en la comunidad internacional, con amplia influencia en temas de interés para México como la paz y la seguridad internacionales, el desarme, los derechos humanos, la pena de muerte, el medio ambiente y la lucha contra la pobreza”. Todo muy bien, siempre y cuando las discusiones (y las posibles negociaciones) se hagan desde la perspectiva del Estado laico mexicano. El enorme riesgo es que el gobierno comprometa libertades y derechos que se han construido con mucha dificultad para los mexicanos y, sobre todo, para las mexicanas.

En este momento hay dos iniciativas en materia de aborto en los que a Iglesia católica en México ya ha estado interviniendo, ejerciendo presión sobre los representantes populares. En Guerrero, donde el gobernador Ángel Aguirre presentó titubeantemente una iniciativa para despenalizar el aborto, ya las fuerzas conservadoras parecen haber frenado el impulso de la misma, pues no se votó en el pasado periodo de sesiones. En Nuevo León, por el contrario, una iniciativa que estipularía el derecho a la vida desde la fertilización (o sea incluso antes de la concepción) ya fue votada en primera instancia, con apoyo de legisladores priistas y panistas y solo falta una segunda votación para que sea finalmente aprobada. El temor de muchos es que el gobierno de Peña Nieto, que ha sido extremadamente obsequioso con el Vaticano y con los obispos católicos, al grado que en Los Pinos hay una oficina especial para atenderlos, haya concedido o vaya a entregar en este viaje esa concesión a la Santa Sede y a la Iglesia católica en México, a cambio de mayor benevolencia del Episcopado respecto al proyecto socioeconómico y político de este gobierno. Eso sí constituiría una flagrante violación al espíritu de nuestra constitucional República laica, pues implicaría que algunas políticas públicas (la de salud materna, la de los derechos de las mujeres, etcétera) están siendo dictadas por una Iglesia.

En suma, el gobierno de Peña Nieto tiene no solo el derecho, sino la obligación de mejorar las relaciones diplomáticas de México con el mundo. Pero en esa labor, el Presidente tiene que recordar que no todos los mexicanos son católicos y que no todos los católicos piensan igual.

roberto.blancarte@milenio.com

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