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Miércoles , 15.08.2018 / 14:37 Hoy

Columna de Roberto Blancarte

Cruzar la calle

Roberto Blancarte

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Estuve en Argentina las tres primeras semanas de septiembre gracias a un intercambio académico con colegas de ese país, con quienes estoy haciendo desde hace tiempo una comparación de catolicismos y su impacto en la gestión pública. Me encontré con un país que está peleando por sobrevivir en un clima internacional financiero adverso, al mismo tiempo que lucha para superar, con memoria y justicia, los fantasmas del pasado. En medio de esa necesidad de reconstruir la memoria sobre el horror de 30 mil desaparecidos, la mayor parte de ellos jóvenes torturados y asesinados, están por supuesto los militares, pero junto con ellos muchos miembros del episcopado católico, capellanes militares o dirigentes de congregaciones religiosas, que desempeñaron un papel ominoso y reprobable al justificar o simplemente permanecer indiferentes ante las violaciones a los derechos humanos más esenciales de cualquiera que apareciera como opositor al régimen. Las víctimas no fueron únicamente los guerrilleros marxistas o izquierdistas con ideologías seculares; buena parte de ellas eran militantes católicos, sacerdotes, monjas y hasta algún obispo que se atrevió a defender los derechos humanos. En medio de muchos de esos fantasmas está la figura de Jorge Mario Bergoglio, hoy muy querido y admirado Sumo Pontífice de la Iglesia católica.

Pensé que en Argentina no encontraría ya ni el menor asomo de una crítica al primer Papa latinoamericano, al primer Pontífice venido del Sur en la historia de la Iglesia católica. Pero “la historia” aunque se rechace permanentemente, no desaparece nunca completamente; siempre hay indicios que quedan y marcan el pasado. Me costó trabajo encontrar, pero al final obtuve una copia del libro de Horacio Verbitsky, titulado Doble juego; la Argentina católica y militar, que muestra precisamente la doble moral, la manipulación política y la alianza de facto que establecieron las cúpulas de la Iglesia católica con las militares, por miedo o por compartir la doctrina de la seguridad nacional, negándose siempre a recibir a los familiares de las víctimas.

Un capítulo del libro está dedicado a los jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics y al ambiguo papel que desempeñó en su detención, tortura y posterior liberación quien era entonces el Provincial de la Compañía de Jesús en Argentina y hoy está sentado en el Trono de San Pedro. El autor del libro mencionado tuvo acceso, 30 años después de lo sucedido, a los archivos gubernamentales que demuestran el doble juego de Bergoglio en esa época. Por un lado, el Provincial solicitaba una excepción a favor del jesuita Jalics al trámite normal de renovación del pasaporte y por el otro hay un documento del funcionario en el que por “especial recomendación” del propio padre Bergoglio se pedía que no se le concediera el trámite solicitado. Cuando la primera versión de estos hechos se hicieron públicos en 2005 en un libro del mismo autor titulado El Silencio, el ya cardenal Bergoglio respondió a través de su vocero oficial que el libro era una infamia concebida para incidir en su contra en el cónclave de abril del mismo año. Verbitsky agrega: “Ni Bergoglio ni sus allegados han dicho una palabra sobre esa prueba de duplicidad por la que lo acusan Yorio y Jalics”.

Uno podría siempre dudar de los documentos, de los testimonios y de las acusaciones de los propios jesuitas que sufrieron esa duplicidad. Pero más allá de eso, lo cierto es que la historia no perdona. Muchas veces no es lo que se hizo, sino lo que se dejó de hacer, como con las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo. Como escribía Juan Carlos Martínez el miércoles pasado en el periódico Página 12: “En los largos años en que Jorge Bergoglio estuvo al frente de la Catedral Metropolitana no se acercó una sola vez a la ronda que las Madres realizaban todos los jueves desde el 30 de abril de 1977. Le bastaba cruzar la calle entre la Catedral y la Plaza de Mayo para llevar siquiera el mudo pero elocuente mensaje de su presencia.

El silencio de Bergoglio simbolizaba el silencio cómplice de la Iglesia católica frente al terrorismo de Estado”. Y no, ese gran Papa compasivo, cuando era arzobispo nunca cruzó la calle.

roberto.blancarte@milenio.com

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