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Columna de Roberto Arias de la Mora

Mariguana en Jalisco: ¿prohibir o permitir?

Roberto Arias de la Mora

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La postura prohibicionista de la droga que históricamente ha sostenido la Iglesia católica, ahora vuelve a ser ratificada en Jalisco, por conducto del Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, quien no está de acuerdo con la despenalización de la mariguana “porque la considera un mal, y al mal, definitivamente no se le pueden hacer concesiones” (Semanario Arquidiocesano de Guadalajara, 17 de agosto).

Esta postura ética con la cual coincido, parte de reconocer que los problemas de salud pública relacionados con el consumo de drogas no se limitan a las afectaciones en el sistema nervioso de quien decide consumirlas, sino que, de una u otra manera, llegan a repercutir sobre las relaciones interpersonales de las personas adictas y, lamentablemente, pueden resultar particularmente devastadoras para los familiares más cercanos.

La estrategia de comunicación adoptada por los promotores de despenalizar el consumo de la mariguana en Jalisco, parece centrarse esencialmente en etiquetar el asunto como una alternativa frente al fracaso de la actual política de combate al tráfico y comercialización ilegal de drogas. Definitivamente tienen razón en cuestionar la eficacia de la estrategia adoptada en el país. El involucrar y sostener a los militares en el combate a las drogas ha sido y será el mayor error estratégico del Estado mexicano: no han logrado su objetivo, pero sí aumentaron innecesariamente los riesgos de corromper a una de las pocas instituciones, como lo son las fuerzas armadas, que se mantiene entre las que gozan de una mayor credibilidad social. Basta voltear a ver a nuestro vecino del norte para confirmar el equívoco: las fuerzas armadas norteamericanas no se involucran en temas de tráfico de drogas, para eso tienen en la Administración para el Control de Drogas (DEA por sus siglas en inglés), una auténtica agencia especializada en la materia.

No obstante, los abusos policíacos cometidos al amparo de esta estrategia están lejos de resolverse con la pretendida postura de consentimiento hacia el consumo de la mariguana, que se quiere hacer Ley en la entidad. Un mal definitivamente no puede erradicarse con otro mal. Me parece que aquí es donde cobra cabal sentido la postura del Arzobispado de Guadalajara: no hacer ninguna concesión al mal supone una postura esencialmente cristiana que, al mismo tiempo que no criminaliza a quienes ya son víctimas de las drogas, por sufrir en carne propia los efectos nocivos de alguna adicción a sustancias psicoactivas, tampoco implica el consentir y tolerar el sufrimiento de otras personas, que es motivado por el comportamiento adictivo de quien consume drogas.

roberto.arias@coljal.edu.mx

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