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Martes , 16.10.2018 / 10:14 Hoy

Artículo mortis

Ensalada de expertos

Roberta Garza

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José Torero, experto de la CIDH, concluyó en el Anexo I del informe, titulado "Análisis de los aspectos relacionados al fuego en la investigación de los presuntos eventos del 27 de septiembre 2014 en el basurero municipal de Cocula", que "la evidencia recolectada no permite inferir mayores conclusiones acerca de los presuntos eventos ocurridos el 27 de septiembre o a su correlación con la hipótesis establecida a base de testimonios". Fue en entrevistas posteriores donde voló al infinito y más allá, afirmando que la quema de los cuerpos no hubiera sido posible; que se hubieran necesitado "30 mil kilogramos de madera y 13 mil kilos de neumáticos ardiendo durante 60 horas para que los cuerpos hubieran quedado calcinados en unas condiciones como las señaladas por la PGR".

Eso bastó para el desgarre nacional de las vestiduras y para que los dedos flamígeros de siempre apuntaran al compló, sin que nadie reparara en que Torero solo estuvo en el basurero unos minutos, sin realizar más prueba o investigación. Su opinión se basó mayormente en las observaciones de otro experto, John De Haan, quien nunca estuvo en el sitio, sino que habló luego de revisar los datos obtenidos por los peritos de la PGR, datos que le fueron proporcionados por Esteban Illades cuando el autor lo entrevistó para la elaboración de su estupendo libro, La noche más triste. Cuando Illades se reportó con De Haan para compartirle las conclusiones de Torero, éste solo alcanzó a decir que su estudio fue malinterpretado, que "es un error común pensar que un fuego muy grande es necesario para destruir un cuerpo".

Por lo visto, al desaseo de la vieja verdad histórica hay que sumarle los exabruptos de la nueva verdad histérica. Bertrand Russell se preguntaba si habría algún conocimiento en el mundo tan sólido que ninguna persona razonable pudiera dudar de él. Y aunque la respuesta probable es que no, la realidad es que muchos connacionales refractarios al gris se aferran a la inamovilidad de sus reduccionistas veredictos, aunque las evidencias apunten a la multiplicación de las preguntas sobre las respuestas.

Es malo que la reputación de la CIDH, junto con su mayoritariamente acucioso informe, se viera raspada al darle voz a lo que terminó siendo un dictamen carente de rigor. Peor es que, quienes no estamos dogmáticamente adscritos a una u otra trinchera política, no podamos tomar en serio a ninguna de las instancias que hasta ahora se han acercado a la tragedia de Ayotzinapa. A un año de distancia, solo los acólitos o los delirantes presumen certeza no solo sobre qué les pasó a los normalistas, sino siquiera por qué.


Twitter: @robertayque

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