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Jueves , 20.09.2018 / 18:21 Hoy

Artículo mortis

El predicador y el político

Roberta Garza

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El Papa bajo el enorme rostro del Che en la Plaza de la Revolución. El Papa junto a Fidel con la familiaridad de dos abuelos que se reúnen a jugar dominó, y el Papa recibiendo de Raúl un crucifijo formado por hatos de remos, sin que nadie parpadeara ante la tremenda ironía, quizá —¿o no?— involuntaria.

Mientras, las Damas de Blanco que se dirigían a la misa fueron detenidas, igual que los demás marginales y disidentes del sistema, para que nada estropeara el paso del Pontífice por unas calles habaneras por una vez limpias del deterioro y el abandono acumulados durante más de cinco décadas de revolución.

Bergoglio, el Papa que hoy todos celebran por su humildad y humanidad, no recibió o siquiera mencionó a los críticos de la más longeva y férrea dictadura del hemisferio: ni los vio ni los oyó. Sabemos que ignorar a los opositores es casi una condición impuesta por los Castro para el buen tránsito de los jefes de Estado en su paso por la isla, pero este pontífice se distingue por decir querer darle voz a los pobres, marginados y oprimidos del mundo. Por lo visto, a los de casi todo el mundo.

Este doble discurso ya se hizo presente cuando lanzó Laudato Si', la encíclica que habla de la necesidad de cuidar el medio ambiente, misma que fue alabada por las mayorías por su aparente modernidad en una institución que tardó siglos en disculparse con Galileo. El documento achaca el deterioro ecológico a "un problema moral": la acción humana, principalmente, la desbordada producción y el consumo irresponsable. Se refiere, claro, a la producción de bienes, omitiendo por completo a la de humanos: esa sobrepoblación señalada repetidamente como una de las principales causas del estrés planetario, la misma cuyo control ha sido desde siempre ferozmente combatido por la Iglesia. Disculpen el escepticismo pero, cuando vea al Papa exhortando el control de la natalidad en los cinturones de pobreza de las grandes ciudades, o en los campos de migrantes y de refugiados, creeré genuina su preocupación por el planeta.

Francisco recibió de los Castro otro regalo: una copia de Fidel y la Religión, libro de 1985 producto de una larga conversación entre el dictador y un monje dominicano donde Castro apunta las similitudes entre el cristianismo y el marxismo, recalcando la fraternidad necesaria entre quienes buscan un mundo mejor. Una vez en el poder declaró un Estado ateo y encarceló o expulsó a monjas y sacerdotes, pero sin parpadear afirma que Cuba es lo más parecido en la práctica a la opción por los pobres de la Iglesia, porque "quien traiciona a los pobres, traiciona a Cristo".

Dios los hace y ellos se juntan. ¡Oh, remos!

Twitter: @robertayque

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