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Martes , 25.09.2018 / 18:31 Hoy

Artículo mortis

El cucú y el rehilete

Roberta Garza

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Cuando el papa, de regreso de Brasil, soltó la ya emblemática frase "¿Quién soy yo para juzgarlos?", no se refería, como los promotores de la falsa tolerancia de Francisco asumen, a los homosexuales en general: el papa respondió así a una pregunta hecha en expresa referencia a los sacerdotes homosexuales, al aludir el reportero al llamado lobby gay del Vaticano. O sea, no hay que juzgar al homosexual que dedica su vida a la Iglesia mientras éste se apegue a sus votos de castidad, pero, ¿a los demás? Ah, los demás; cuando le preguntaron en seguida el porqué de su silencio sobre la ley que permitiría el matrimonio homosexual, de próxima aprobación en Brasil, dijo: "La Iglesia se ha expresado ya perfectamente sobre eso, no era necesario volver sobre eso, como tampoco hablé sobre la estafa, la mentira u otras cosas sobre las cuales la Iglesia tiene una doctrina clara".

Clarísimo. En perfecto acuerdo con lo anterior, el Episcopado mexicano anunció que, aunque no está en modo alguno convocándolas —"para evitar confrontaciones de la institución con la sociedad y señalamientos por homofobia", informó el vocero Hugo Valdemar... ni cómo explicarle—, respalda y apoya a las parroquias y a los fieles que participen en las marchas que se han hecho en los estados, y a los que acudan a la que se hará el 24 de septiembre en la Ciudad de México en defensa de la familia; cuando menos, de la familia como ellos la entienden. Le llaman "familia natural", como si todo lazo afectivo no sancionado por la curia fuera contra natura.

Es inútil apuntarle al acólito la inexistencia de evidencia sólida —no hablo de charlatanerías, que abundan, sino de evidencias recabadas a través del método científico— que indique superioridad de las familias encabezadas por parejas "tradicionales" sobre las alternativas, ni señalarle que la construcción de una sociedad civilizada y estable en modo alguno le pertenece en exclusiva a uno u otro modelo familiar. Y eso, al margen de la muy conocida hipocresía del Vaticano —y de buena parte de su rebaño—, es aquí el meollo del hoyo: que la ley está para garantizar, con base en datos empíricos y al margen de meras creencias o adscripciones religiosas, un conjunto de derechos universales ajenos a todo dogma. Y si la ley admite que dos adultos, independientemente de su género, puedan unirse en matrimonio y fundar una familia, la Iglesia no tiene derecho alguno de oponerse.

¿Es usted cristiano? Nadie puede impedirle casarse virgen para toda la vida y no usar anticonceptivos. Como usted tampoco tiene el derecho de imponerle a nadie sus decálogos presionando para que la ley civil se ajuste a su imagen y semejanza.

Twitter: @robertayque

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