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Miércoles , 22.08.2018 / 01:29 Hoy

Artículo mortis

Buenas intenciones, malos resultados

Roberta Garza

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A fines de 2014, ambas cámaras aprobaron la entrada en vigor de la Ley General de Vida Silvestre, empujada por ONG y propuesta por el Partido Verde. Entre otros asuntos, en su artículo 78 la nueva ley prohibiría, a partir del 8 de junio de 2015, el uso de animales en espectáculos circenses. Las multas por desacato podrían ser de entre 3 mil 364 pesos hasta 3 millones 364 mil.

La teoría es bellísima: que los animalitos del señor no estuvieran sujetos al maltrato de una vida en cautiverio, al servicio de un repetitivo espectáculo. La práctica, sin embargo, advertía que muchos de esos animales, en vez de regresar a trotar libremente por bucólicos y verdes campos, serían sacrificados, abandonados o mantenidos en condiciones peores a las existentes.

Nadie duda que hubiera en los circos mexicanos tigres, elefantes, caballos, perros y niños, entre otros, en condiciones menos que buenas. Pero optar por una medida menos draconiana y probablemente más efectiva, como establecer parámetros que obligaran a los empresarios a mantener a sus establos en óptima salud y en ambientes dignos, no se le ocurrió a nadie. Tampoco, por lo visto, asegurarse de que las consecuencias de la ley no fueran peores que su ausencia: Lourdes López, diputada federal del PVEM, descontó las dudas afirmando que la ley preveía un censo, que ya con ese censo se enviaría a cada animal a algún refugio idóneo, que “hay más de 12 mil sitios, entre Unidades de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre, Predios Intensivos de Manejo de la Vida Silvestre, centros de conservación y zoológicos”. Y chan-chan.

Poco tardó ese censo en ubicar a los verdaderos animales: el 8 de julio de 2015, la lista indicaba la existencia de mil 298 criaturas circenses vivas. Hoy, a un año de la aprobación de la ley, quedan menos de 300. La mayoría está en zoológicos, aunque en mal estado; no solo porque en México nadie garantiza que las condiciones en los santuarios sean las mejores —nomás pregúntenle a Bantú—, sino porque, independientemente de una posible mejoría física, muchos animales están crónicamente deprimidos al haber sido separados de sus cuidadores y de los ambientes a los cuales estaban acostumbrados. Y esos son los afortunados: los demás fueron vendidos a coleccionistas privados, a taxidermistas o a traficantes.

La Unión Nacional de Empresarios y Artistas de Circo, por su parte, anunció que desde que quitaron a los animales las entradas se redujeron entre 70 y 80 por ciento, quebrando empresas y cerrando fuentes de trabajo. Y ni quién les ayude: abogar por ellos no hace sentir héroe a nadie. Aunque, con base en la experiencia anterior, quizá así estén mejor.

Twitter: @robertayque

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