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Lunes , 12.11.2018 / 16:49 Hoy

Opinión

La lección de Séneca

Ricardo Velázquez

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Una de las obras hermosísimas salidas de la pluma de Cicerón, el pensador latino, es el diálogo De Senectude, dedicado a su amigo Tito Pomponio Ático. El diálogo es una amplia reflexión sobre la vida y sus postrimerías, donde considera escribir algo acerca de la vejez; para ello, representa un supuesto diálogo entre Catón -censor de la Roma antigua- y los jóvenes Escipión Emiliano y Lelio.

A través del Ático, el filósofo le enseña al hombre, empeñado en alcanzar la eterna juventud, que envejecer puede brindar la coronación de una serie de etapas vitales, un desafío, una educación, casi una aventura.

Este abogado, seducido por la literatura y ya entrado en años, especula sobre su pasado y vislumbra el futuro con mucha dignidad y esperanza. De algún modo descubre que en eso momentos ha alcanzado a través de su juiciosa vida la inmortalidad.

La lectura de esta genial obra -un minúsculo, pero no por ello menos importante tratado de ética- es práctica e inaplazable. De allí que refiramos algunos momentos en que el autor pone en boca de sus personajes una serie de consideraciones que son y serán dignas de tomar en cuenta para nuestro propio aprendizaje de vida.

El pensador latino admite, de entrada, que nunca será suficientemente alabada la filosofía, ya que todo aquel que esté conforme con ella podrá pasar una vida sin desasosiego, sobre todo aquellos que en sí no poseen recurso alguno para vivir serena y felizmente y, por ende, califican de penosa toda edad, se lastiman a toda hora y de cada acontecimiento, sin apenas mirar que todo lo que les sucede no es sino la consecuencia de su propio actuar.

En cambio, aquellos que de alguna manera buscaron siempre la forma de vivir conforme a la prudencia, continencia y temperancia, encontraron todos los bienes dentro de sí mismos, y así nada de lo que acontecía por necesidad de la naturaleza les podía parecer malo o injusto. La diferencia entre unos y otros sólo se percibía cuando lograban alcanzar cierta edad, pues todos sabemos que es esa la época en que se cosecha todo lo que se sembró en el vivir previo. Esto, en efecto, es elemental y ocupa el primer sitio para llegar a la vejez.

Seguir una vida detrás de la naturaleza, que es sabia y excelente guía, es un paso que debemos reconocer desde la época de la primera instrucción o educación para ser más precisos, pues la instrucción centra su objetivo en la información no en la formación; la primera la vamos acumulando desde nuestro nacimiento, la última sólo es resultado de las escuelas a donde asistimos. Séneca piensa que la naturaleza es tan trascendental como un dios, hay que respetarla fielmente pues ella es la responsable de diseñar cruel y maravillosamente las demás porciones de la vida, y no existe el caso en que ella, como un mal poeta, no pensara en la perfección del último acto.

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