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Sábado , 23.06.2018 / 13:59 Hoy

Opinión

La esperanza, el arte de envejecer

Ricardo Velázquez

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Iniciemos conceptualizando la esperanza como la confianza por lograr algo, por ello siempre debemos saber qué cosa esperamos para que nuestra certeza de que acudirá a nosotros no se desvanezca. Beckett podría darnos otros principios de esperanza, al anunciar que no sabemos con claridad lo que en realidad esperamos, simplemente esperamos. Esperanza de otra esperanza. La esperanza como aliento religioso nos conduce hacia la tierra prometida, hacia la promesa, hacia el porvenir y en Dios se deposita la última confianza. Ante la ausencia de esperanza, no resulta nuevo que la sociedad se encuentre ante el principio y el precipicio del amor y el odio; por ello, debemos rechazar todo aquello que impide o perjudique nuestra estancia. Los ancianos son la última huella de nuestros orígenes y no deben desaparecer si queremos cambiar la historia. Ellos cargan invariablemente con la historia y la memoria, tanto de las cosas buenas como de las malas que los hombres, en su recorrido, han realizado al enfrentar las circunstancias propias de la vida.

Así como los hombres deben prepararse para soportar la vejez, los jóvenes deben pensar que van hacia ese estado, pues inexorablemente hacia allá se dirigen y si no son educados y preparados para apreciar los valores del anciano, el día de mañana ellos sufrirán las mismas circunstancias.

Como te ves me vi; como me ves te verás. Por esa memoria que resguardan y cuidan los viejos es que siempre piensan -sobre todo los hombres jóvenes- que deben ser anulados y las diversas órdenes en pleno uso del mal enunciado poder determinan hasta qué edad el hombre puede pensarse como un instrumento con valores y uso y hasta cuándo pueden pensarse como simples objetos, como lastre para los demás. El viejo, salvo excepciones, es exhibido como un ser pasivo, templado pero sin mayor esperanza; por eso Maurois defiende a los ancianos, al decir que el arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza. En la esperanza se concentra la potencia no sólo de la vejez sino de la propia juventud, pues la esperanza sólo nos es dada por aquellos que ya la perdieron.

Algún día descubrí un grafiti que, como las expresiones de ese tipo, impactan la vista y el oído. En él podía leerse entre borrones que un hombre no envejece cuando se le arruga la piel, sino cuando se arrugan sus sueños y sus esperanzas. Sabemos que la vejez empieza cuando los recuerdos pesan más que las esperanzas.

Debemos recordar que en la tradición mítica la esperanza estaba representada casi siempre por los más ancianos. En ellos reposaban los ideales de justicia, libertad y dignidad. La esperanza vivía unida al porvenir. Por ser lógicamente los más ancianos, los más cercanos a él, eran quienes podían instruir y endosar lo más deseado y esperanzador.

Desde esta perspectiva, la ancianidad no representa de ningún modo lo que ahora: la falta de esperanza. Puede perderse el sentido de la vida pero nunca renunciar a la esperanza. Esta es esencial e irrenunciable.

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