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Viernes , 22.06.2018 / 19:52 Hoy

Opinión

¿Está nuestro país en una transición real?

Ricardo Velázquez

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Es innegable que como consecuencia de los estériles esfuerzos por cambiar la situación en la que vivimos; las crisis económicas recurrentes, derivadas de las insuficiencias y errores; la transformación de las funciones del gobierno y su desgaste político, hemos optado por ver como normales los abusos de las autoridades, tanto que se ha corrompido el ánimo de amar y luchar por el bienestar de nuestra patria que nos ha dado a manos llenas infinidad de riquezas, nos hemos acostumbrado a vivir de manera tranquila; preocupados únicamente por nuestros propios intereses; por nuestros bienes materiales –los cuales sólo queremos que aumenten–; por el progreso de nuestros negocios, buscando en todo momento mejorar nuestra situación personal y dotar de más y mejores cosas a nuestras familias sin ver que ello no debe ser tan sólo para unos cuantos, sino por el contrario, son las condiciones de vida que cada uno debería poder disfrutar, lo vemos como un privilegio y no así como un ejercicio y vivencia efectiva de los derechos que se consagran en nuestra ley suprema: la Constitución Federal.

Ante esta situación se dan las peores reacciones de quienes somos parte de este país, hay quienes no sólo se sientan a ver como grandes espectadores la hostil situación en nuestra sociedad, sino que además se encargan de llenar los medios de comunicación de falsas adulaciones para nuestros dirigentes, adulteran los hechos, olvidan a propósito la opinión pública e incluso se atreven a publicar encuestas que arrojan que el pueblo es feliz, que la nación está conforme con la situación que vive su familia y quienes los rodean, nos dicen que la patria prospera y que su desarrollo alcanza los niveles de grandes potencias, que la pobreza se está terminando y que la seguridad en nuestro país es ejemplar, y lo peor de todo ello es que lo creemos y hasta exageramos sus datos, a pesar de ser evidente que no son más que puras falacias.

Por el contrario, nuestro país ha perdido competitividad y se ha estancado en niveles ínfimos de crecimiento; la política ha caído en descrédito y los gobiernos estatales y federales no han estado a la altura de las circunstancias.

Si bien es cierto, durante los últimos cuatro sexenios hemos visto materializada la alternancia respecto a los partidos que han encabezado la Presidencia de nuestro país y de cierta forma ha sido un instrumento que ha aliviado las tensiones y que ha dado concreción a la diversidad política; el estancamiento económico y el deterioro social han puesto en evidencia la necesidad de replantear la funcionalidad del sistema político, de introducir cambios que lo hagan más operativo o, incluso, la posibilidad de cambiarlo por otro tipo de régimen. Esta situación nos lleva a pensar que lo que se evidencia hoy en el país es más una profunda crisis del sistema presidencialista, que una transición real.

Entre las exigencias está también la desarticulación del corporativismo y la reestructuración de los partidos políticos. No es extraño entonces que todos los partidos políticos mexicanos presenten una aguda descomposición, evidente en casos de corrupción, crisis y divisiones internas, desvanecimiento de sus características ideológicas y pragmáticas, falta de representatividad y, lo más grave, ausencia de credibilidad social.

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