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Jueves , 20.09.2018 / 22:08 Hoy

Opinión

El sentido del amor humano

Ricardo Velázquez

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Desde la madurez el hombre inicia un proceso que en la ancianidad será una especie de proyecto para extender el perímetro de sus efectos a toda la humanidad, incluso aprende a apreciar la generalidad, a querer a toda la raza humana y, de forma curiosa, hace factible la propuesta del evangelio cristiano -aún sin serlo- de amar al prójimo como a uno mismo, incluyendo amar a los enemigos.

Esos pronunciamientos provenientes, en efecto, de la religión judeo cristiana, fueron presentados por los estudiosos del fenómeno de la vejez a finales del siglo XIX e incidieron firmemente para que la ciencia, que veía sus primeros postulados por aquellos años, volviera sus miradas un tanto estupefactas para alcanzar su plena comprensión.

El psicoanálisis, creación de Sigmund Freud, enfocó sus energías sobre todo en su obra postrimera. En "El malestar en la cultura", que podría muy bien ser uno de los espejos de mayor claridad para explicar algunas dolencias propias de la civilización moderna, Freud intentó ampliar la concepción que le obsequiara su amigo Jules Renard sobre el sentimiento típico de la religión, es decir, el sentimiento oceánico. En efecto, esa enunciación lo obligó a formular un juicio descalificador pues apreciaba que, sin excepción, la religión constituía un delirio, un síntoma que la propia evolución humana había construido para sublimar su sentimiento de indefensión ante las penurias del mundo.

El doctor austriaco, criado por su compatriota Karl Kraus, había vislumbrado que al llegar a cierta edad posterior a la madurez, el hombre experimentaba un sentimiento reconstructivo acerca del sentido del amor humano y lo admitía sin muchos problemas como una integración espiritual donde funda sus expectativas en amar a toda la humanidad. Pero además, su conciencia de esta reflexión era capaz de trasformar su capacidad de entender el mundo como un principio amoroso.

El verdadero amor se vuelve un fenómeno más allá de los instintos, de los gérmenes narcisistas y egocéntricos, y ante la sorpresa del creador del controvertido psicoanálisis parecía brotar de la nada una especie de amor espiritual que emergía de la condición del hombre y se dirigía a la esencial forma de amar a los demás, pero además advertía que ese sentimiento resistía casi cualquier oposición a la potencia humana. Por esta relación de carácter espiritual es que apreciamos poderosamente y descubrimos por qué el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios.

En cierta manera, y resumiendo esa observación, nos invitaba a revelar su rostro que sólo el anciano lograba; su único proceso para tal consideración consistía en la característica de una edad superior a los sesenta años.

Como producto de un misterioso devenir, el anciano transfiguraba a partir de su descubrimiento de la edad sus relaciones con el mundo; al contacto con este hombre… las cosas, las personas, las ideas, entre otros, se concebían propias de una esencia que hasta ese momento no se había descubierto.

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