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Sábado , 18.08.2018 / 02:22 Hoy

Opinión

El matrimonio, la construcción entre el dominio de sí y el conocimiento del otro

Ricardo Velázquez

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Animal civilizador, el individuo humano busca no sólo instituir para regular el poder; no solamente se organiza en función de ataques y defensas predatorias; tampoco se limita a asociarse en grupos de interés; tiende también a compartir su individualidad, su modo de entender la vida en común con otra persona. Después de considerar sus afinidades, opciones y límites, ambos dejan la ciudad: entran en el recinto de su privacía. Fundan ese microcosmos de pequeños detalles y amplias perspectivas; ese dominio mutuo de crecimiento y realización: se casan.

Saben, sin embargo, que ese recinto de privacidad, el sancta sanctórum donde nadie tiene derecho a entrar sino ellos juntos, donde nada rige sino sus decisiones colegiadas, no está aislado del todo: su casa forma parte de la ciudad. A ella se deben en cuanto aportan y reciben por intermedio de su trabajo, los beneficios de la sociedad general. En cuanto individuos, son sujetos de derechos así como de obligaciones; también en cuanto pareja: se han prometido entre sí, pero asimismo apelan por lo suyo y responden de sus deberes ante la ciudad. No es menos cierto, aunque suele perderse de vista, que uno de los papeles que ejerce el Estado, en reciprocidad, consiste en proteger el matrimonio como una de sus instituciones fundacionales, pero debe exigir ciertas obligaciones a los integrantes de la pareja dentro del entramado, complejo, así, pero ordenado por las leyes, de la organización social.

Sin tener que entrar en el ámbito privado, la autoridad del Estado legaliza las uniones y testifica con su registro la existencia de cada pareja establecida ante la sociedad; a la vez prevé derechos y deberes de ambos a la hora de los disensos irreconciliables o las separaciones. Se repite demasiado, hasta volvernos insensibles en su sentido: la sociedad se nutre de las parejas, no sólo porque cada una puede disponerse a generar descendencia, sino sobre todas las cosas porque el matrimonio es una forma deseable de vida. Ahí es donde usualmente se desdibujan las definiciones. No entraremos en el terreno de aquellos que han optado por vivir en soltería (solamente recordemos que muchos solteros se asocian de otros modos, por ejemplo en congregaciones religiosas; agrupaciones artísticas, culturales o de beneficio social, entre otras). Decimos, a la par de una larga tradición, que el matrimonio es deseable; no que sea la única forma de vivir bien ni mucho menos que sea perfecta, pero podemos fácilmente reconocer que a ella tiende la mayoría de las mujeres y los hombres -tarde o temprano-. Más allá del trabajo en equipo, pero incluyéndolo; siendo quizá la forma superior de la amistad, con la vida en común se benefician las singularidades, se trabaja sobre los propios errores, se construye entre el dominio de sí y el conocimiento del otro. Digámoslo en pocas palabras: en ese lugar se cultiva el valor de acompañarse.

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