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Jueves , 20.09.2018 / 19:00 Hoy

Opinión

“Donde impera la pasión no tiene lugar la templanza”

Ricardo Velázquez

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El valor que damos ahora a la ética tiende a postular enunciados lejanos de la política, por lo común irresolubles, antes que pensar -como manifiesta Séneca- que el consejo, los discursos y la prudencia serían sus ejercicios. Y si tales cualidades no se hallasen en los ancianos, nuestros antepasados no hubiesen apellidado senado al Supremo Consejo.

Nada más cierto es que el talento se conserva en los ancianos siempre que ellos conserven el estudio y la laboriosidad. Allí tenemos a Sófocles, que compuso tragedias hasta los últimos años de su vejez. Como daba la impresión de que desatendía los asuntos familiares, fue convocado por sus hijos para que los jueces lo obligasen a desentenderse de los negocios domésticos, pues ya era un hombre mayor. Ante esto, el dramaturgo les leyó la obra que apenas había concluido, Edipo en Colona, preguntándoles enseguida si aquellos versos les parecían propios de un viejo chocho. Asombrados para bien y una vez concluida la lectura, los jueces lo pusieron en absoluta libertad. Sin embargo, algunas veces no sólo ignoramos estos ejemplos sino que los consideramos parte de anécdotas sin valor e intrascendentes debido a nuestras carencias-tanto educativas como culturales- y a la mala idea que hemos forjado sobre los ancianos.

Por eso, no alcanzamos a comprender aquella fórmula que asegura que lo más triste que tiene la vejez es pensar que en esa edad se es molesto a los otros. Y menos aún la conjetura del viejo sabio, Solón, cuando decía en sus versos que se hacía viejo aprendiendo algo cada día. Ahora concedemos poco valor a los hombres de edad avanzada. Como si mañana no fuéramos a ocupar su lugar.

Por eso, como aconseja Séneca, debemos desconfiar de aquella narración cuando aseguraba que jamás había aprobado aquel antiguo y elogiado proverbio que explicaba “Hazte viejo pronto si quieres serlo durante mucho tiempo”. A lo que replicaba al momento que prefería ser viejo durante mucho tiempo antes que serlo prematuramente. No obstante de ello, ahora nadie quiere ni una cosa ni otra.

Así, entonces, la vejez es honesta si se defiende a sí misma; si conserva su derecho; sólo será esclava de nadie si tiene pleno dominio de los suyos hasta el último instante de su vida. Y como alabo al joven que tiene algo de anciano, así también al anciano que tiene algo de joven, el que esto posea podrá ser anciano de cuerpo pero no de espíritu.

En este sentido, sabemos que nada hay más excelente que la inteligencia, no hay para este divino don enemigo más pernicioso que el deleite; porque donde impera la pasión no tiene lugar la templanza, y en reino del placer no puede establecerse firmemente la virtud, afirma Séneca. ¿Pero qué puede importar ante una construcción valorativa de todos los placeres, como si la frase antigua todo lo dulce debe probarse fuera nuestra única alternativa?

Desconocemos, por principio, que sin con razón y prudencia no nos fuera posible despreciar el deleite, deberíamos dar gracias a la vejez por el hecho de que ella hace que no nos guste lo que no nos conviene. Porque el deleite es un impedimento para el buen juicio, es enemigo de la razón, ofusca, por así decirlo, los ojos de la mente y no tiene trato alguno con la virtud.

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