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Lunes , 22.10.2018 / 17:15 Hoy

Opinión

2017-09-12

Ricardo Velázquez

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Seguir las enseñanzas de la mano de un sabio -como Séneca dice- es cosa de paciencia, porque, ¿qué otra cosa puede ser el paso de los años, sino resistir a la naturaleza o pelear contra los dioses, como lo hicieron los gigantes?

Después de más de 2 mil años, sabemos que seguir algunos preceptos nos conducen a una plácida y tranquila vejez, fruto de una vida anterior sosegada, pura y templada. Platón nos recuerda que a Gorgias -quien llegó a los 107 años- le preguntaron algún día, por qué quería vivir tanto y sólo respondió: no tengo nada de qué acusar a la vejez.

La respuesta del viejo tiene mucho de esa sabiduría que los griegos nos cuentan, aunque a veces pensamos más, como los tercos de aquellas épocas, ya que nuestra incomprensión de los procesos de la vida nos acorrala y, en ocasiones, somos parte de los necios que echan la culpa de sus vicios a la vejez.

En cierta forma, desconocemos o no queremos aprender que las cosas no se realizan con las fuerzas físicas, ni con la velocidad o agilidad corporal, sino con autoridad, consejo y prudencia. Virtudes que no faltan, sino más bien enriquecen la vejez y que para los moradores del siglo XXI suenan a excentricidades, pues ante la carencia de especialistas de la ética, tenemos que conformarnos con los discursos al respecto.

Hemos olvidado que la vejez, sobre todo la honesta, goza de tanta autoridad que se ha de apreciar más que todos los deleites de la juventud.

"Pero a mí -agregaba Séneca- nada me parece duradero si ha de tener algún fin. Porque cuando este llega, entonces todo aquello que pasó se desvaneció; sólo queda lo que has obtenido con la virtud y con las obras rectas".

Cada uno debe estar contento en el espacio de tiempo que se le da para vivir. El breve tiempo de la vida es largo para vivir bien y con honradez, ya que hemos perdido de vista que el mejor fin de la vida es aquel en que, estando sana la razón y en pleno vigor de los sentidos, la naturaleza misma que construyó la obra se destruye.

Aunque es cierto que hemos de morir, es incierto si ha de ser hoy mismo. La lógica de lo superficial y lo efímero tiene mayor influencia sobre nuestros actos, pues no queremos admitir, con la sabiduría de Séneca, que la naturaleza nos dio una posada donde parar, no para habitar en ella. Porque la naturaleza tiene señalado el límite para vivir, como lo tiene para las otras cosas. La senectud de los sueños de la vida es como el final de la comedia, de cuyo cansancio debemos huir, sobre todo si se añade la saciedad de haber vivido.

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