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Domingo , 21.10.2018 / 16:32 Hoy

Antilogía

Política de reconstrucción postsísmica

Ricardo Monreal Ávila

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A seis meses del sismo del 19-S y sus miles de réplicas de diversa magnitud, estas son algunas de las lecciones que debimos haber aprendido y aprehendido.

a) Vivimos en un país y en un valle central de alta sismicidad. Son por lo menos tres regiones de alta vulnerabilidad: la costa del Pacífico ubicada a lo largo de la llamada “falla de San Andrés” (nada que ver con ya saben quién); el eje volcánico que atraviesa como un cinturón la parte media de la República mexicana, desde Veracruz hasta Michoacán, desde el Pico de Orizaba hasta el Paricutín; y de manera destacada, la Megalópolis del Valle Central, especialmente la zona lacustre y arcillosa de lo que fue el sistema lacustre de una civilización del agua como el imperio azteca. La probabilidad de que cada año vivamos un 19-S como el de 1985 y 2017 es de 5%. Es decir, es una probabilidad alta. En México y en CdMx temblará mientras la tierra gire sobre su propio eje, es decir, por los siglos de los siglos.

b) Los sismos no matan, sino las malas construcciones y la corrupción. La mayor parte de los inmuebles colapsados hace seis meses fueron de tres tipos: construcciones anteriores a la nueva reglamentación sismorresistente, construcciones relativamente nuevas donde no se respetó dicha reglamentación y construcciones donde el suelo de CdMx ya dio de sí, es decir, perdió elasticidad y resistencia para absorber las ondas de transmisión sísmica. ¿Qué tanto de esta situación es producto de la improvisación, la corrupción y la impunidad? Es una de las respuestas que nos debe el análisis forense del 19-S.

c) Gentrificación versus urbanismo depredador. Los sismos de hace seis meses volvieron a enfrentarnos al reto de definir qué modelo de ciudad y de desarrollo urbano debemos promover en el Valle de México, de manera destacada, en CdMx. Hay por lo menos tres fuerzas, visiones y opciones presionando el suelo de la ciudad: los que piden no poner más cemento y acero al piso lacustre de la ciudad, que el crecimiento se haga de manera horizontal en los territorios aledaños y en las colindancias territoriales; los que piden el crecimiento vertical, que la ciudad siga creciendo hacia arriba, actualizando y aplicando estrictamente la tecnología sismorresistente (se estima que la ciudad puede crecer todavía un promedio de 30% hacia el cielo); los que piden el libre juego de la oferta y la demanda en la construcción futura de la ciudad, que el único límite sea la sustentabilidad de sus recursos naturales y la sostenibilidad económica de sus habitantes. En realidad, las opciones son dos: la gentrificación ordenada, planificada y amigable con el medio ambiente y el patrimonio histórico y arquitectónico de la ciudad, o el urbanismo depredador que busca la máxima ganancia posible con la menor responsabilidad ecológica y social.

d) Por una política pública de reconstrucción. De los sismos de 1985 el país aprendió la importancia de la protección civil. Eso explica que 32 años después las víctimas y daños materiales hayan sido sensiblemente menores. Lo que no hemos aprehendido a operar son políticas públicas de reconstrucción inmediata. Una política resiliente efectiva y eficaz, con alma social, que ponga por delante la atención a los damnificados y la reconstrucción rápida de la ciudad. Hay que impulsar ya la agencia de reconstrucción del país y de CdMx, con fondos fiscales autónomos y sostenibles. Es la diferencia entre hacer de un sismo una oportunidad de crecimiento y desarrollo, o seguir cavando la tumba del subdesarrollo y la degradación urbanas.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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