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Domingo , 23.09.2018 / 21:15 Hoy

Antilogía

Dos sismos, misma corrupción

Ricardo Monreal Ávila

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En México se registran en promedio dos sismos de magnitud 7 o más por año. La probabilidad de que uno de ellos se presente el mismo día en un periodo de 32 años es de 5 por ciento, estima la investigadora de la UNAM, de origen islandés, Vala Hjorleifsdottir (agencia EFE, 23 septiembre 2017).

Esta periodicidad del riesgo la intuyeron (no la midieron) los aztecas, que por designio divino desarrollaron su civilización en un valle lacustre, de fondo arcilloso, al pie de dos enormes volcanes, en torno a un islote donde un águila devoraba una serpiente.

Los aztecas creían que la vida humana se extinguía periódicamente a causa de diversas calamidades, entre las que figuraban los terremotos. Cada era se simbolizaba con un sol, y los aztecas consideraban que vivían en el quinto sol o “cuarto movimiento”, el cual concluiría precisamente con un terremoto devastador.

Para librar ese designio apocalíptico, los aztecas no se mudaron de valle ni buscaron suelos más seguros, sino encontraron una forma colectiva de mitigar el riesgo: los sacrificios humanos en honor a diversas deidades, el más importante, Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra.

Haber experimentado un 19 de septiembre dos terremotos de alta magnitud en un lapso de 32 años, nos debe hacer reflexionar sobre el designio que nos transmiten mancomunadamente el azar y la naturaleza.

¿Qué aprendimos, qué repetimos y qué desperdiciamos en más de tres décadas?

La alerta sísmica (especialmente la del 7 de septiembre), los simulacros colectivos y la ingeniería sismorresistente de los nuevos inmuebles sí funcionaron. Por salvar vidas humanas, son un avance civilizatorio que deberá sostenerse y perfeccionarse. Las tecnologías de la información y la comunicación (tic’s), orientadas a la prevención y la protección civil, tienen mucho que aportar en los próximos eventos sísmicos.

La energía social liberada es otra dimensión a destacar. Una vez más, como sucedió en 1985, la sociedad rebasó a los gobiernos de todos los órdenes y colores. Hoy esa energía fue netamente juvenil y digital. En 1985 fue adulta y radiofónica. Cadenas de manos trasladando piedras, víveres y cajas con productos. Las redes sociales convertidas en redes de ayuda y de voluntarios. Que la UANM o el Poli profesionalicen la carrera de “protección civil y atención de desastres”; que la SEP incluya desde primaria la asignatura de “civismo y prevención ciudadana”; que el gobierno de CdMx haga obligatorio los planes de prevención y protección civil en unidades habitacionales, fábricas, sedes de gobierno y puntos de afluencia masiva; que la reconstrucción y la renovación postsísmica esté acompañada de la participación y la fiscalización ciudadanas, para que la energía social liberada no se vaya al caño burocrático del olvido institucional.

Lo que siguió sin cambio y hasta se agudizó está a la vista de todos: el urbanismo depredador con su cauda de corrupción en el uso y abuso del suelo. Corrupción bajo la forma de ineficiencia, improvisación y lucro económico. Ese es precisamente el prisionero que debemos llevar a la piedra de los sacrificios, extirparle el corazón y tirar su cuerpo desde lo alto de la pirámide del poder. Antes de que él acabe con la civilización que hace más de siete siglos decidió asentarse en el ombligo de la Luna y en una zona geológica altamente sísmica.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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