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Sábado , 20.10.2018 / 10:50 Hoy

Antilogía

De Tlatelolco a Ayotzinapa: nuestra "hubris"

Ricardo Monreal Ávila

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Para Luis González de Alba, líder del 2 de octubre, in memórian

¿Qué conmemorar el 2 de octubre de este año? ¿El inicio de la transición a la democracia o 48 años de violaciones sistemáticas a los derechos humanos?

La tragedia hermanó a Tlatelolco con Ayotzinapa en más de un aspecto. ¿A qué iban los estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos la noche del 26 de septiembre de 2014 a Iguala? Buscaban tres autobuses de pasajeros para llevar un contingente estudiantil a la Ciudad de México a conmemorar el 2 de octubre de 1968, oficialmente día de “los mártires de la democracia” y de la matanza estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas.

Nadie imaginaba que la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa mostraría la hubris de nuestra democracia, que desde 1968 está a la vista de todos: la violación continua, sistemática y prolongada de derechos civiles, políticos, sociales y económicos de diversos segmentos de la población en el país.

En Tlatelolco fueron crímenes de lesa humanidad perpetrados directamente por el Ejército y guardias blancas. En Iguala fue el delito de “desaparición forzada” perpetrada por policías locales (hay quien señala también al batallón militar de Iguala, sin que se haya podido confirmar o descartar esta hipótesis, entre otros factores, porque no se ha podido interrogar a los militares en activo ese día) en complicidad con un grupo local de la delincuencia organizada, Guerreros Unidos.

Que 48 años después de la matanza de Tlatelolco se hable de “desapariciones forzadas” como el principal problema de derechos humanos en el país muestra la calidad de la democracia que tenemos.

Entre crímenes de lesa humanidad (genocidio) y desapariciones forzadas solo hay un peldaño de gravedad y punidad penal. Eso es lo que habríamos avanzado “democráticamente” en casi cinco décadas. Nada o demasiado poco, en comparación con las prácticas y realidades institucionales que se observan en las democracias contemporáneas o en otros países que han tenido el mismo o más grave problema con la protección de los derechos humanos.

Buena parte de la responsabilidad de que no hayamos avanzado más en esta materia se debe a la actitud de desprecio e inconsciencia de la clase política sobre el deterioro de los derechos fundamentales en el país.

Entre la justificación que en su momento ofreció el ex presidente Díaz Ordaz sobre los sucesos de Tlatelolco para minimizar la represión (“ni menos deh 20 ni más de 30 muertos”) y el “ya superen la tragedia de Ayotzinapa” que repiten en nuestros días algunas autoridades se revela la misma soberbia, desprecio e inconsciencia que hace 48 años.

Tal vez la única diferencia política entre Tlatelolco y Ayotzinapa sea que mientras Díaz Ordaz asumió directamente la responsabilidad de la represión estudiantil (“fue para salvar al país”), hoy ninguna autoridad acepta que “fue el Estado” el responsable de la desaparición de 43 estudiantes y del deterioro progresivo de los derechos humanos en el país desde que el gobierno de Felipe Calderón decidió dejar en manos de las fuerzas armadas el combate a la delincuencia organizada.

Saber contar votos pero no saber prevenir las desapariciones forzadas no es timbre de orgullo de ninguna democracia. Más bien es motivo de pena ajena. Esa es nuestra realidad a 48 años de los sucesos de Tlatelolco y a dos de Ayotzinapa.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

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