• Regístrate
Estás leyendo: La Revolución "ninguneada"
Comparte esta noticia
Sábado , 18.08.2018 / 14:13 Hoy

Columna de Ricardo Monreal Ávila

La Revolución "ninguneada"

Ricardo Monreal Ávila

Publicidad
Publicidad

Nadie quiere conmemorar a la Revolución mexicana. Ni los descendientes directos de próceres como Francisco I. Madero, ni los herederos institucionales como el actual gobierno priista.

Aborrecida por unos y ninguneada por otros, a sus 103 años la Revolución mexicana luce como una muñeca fea de trapo viejo, arrumbada en el baúl de los cachivaches gubernamentales. Una especie de accidente de la fatalidad histórica, no una carta de navegación del Estado mexicano.

Tal vez tengan razón quienes comparten mancomunadamente este desdén. No hay mucho que celebrar. Todas y cada una de las banderas de la primera revolución social del siglo XX se han agotado, alterado o parecen raídas por el tiempo, como el agrarismo, el sindicalismo, la justicia social, la autosuficiencia alimentaria o la soberanía energética.

En estas condiciones deficitarias o de magros resultados, celebrar a la Revolución mexicana puede parecer a algunos una práctica demagógica. O peor aún, dada la inseguridad que azota al país, un inoportuno ejercicio apologético de la violencia. Sin embargo, ni unos ni otros pueden minusvalorar el aporte de este movimiento al México de nuestros días. Su vigencia no está en el método (la insurrección armada) ni en las causas originarias (pobreza, autoritarismo y desigualdad social), sino en su vasto programa de reformas por cumplir o actualizar.

En este sentido, es pertinente preguntar si la fiebre de reformas que el país ha conocido en los últimos meses corresponde al sentido reformador de la Revolución mexicana o es una experiencia contraria a ésta.

La reforma laboral, orientada de “pe a pa” a desmantelar la cobertura de seguridad social, los derechos laborales y hasta la capacidad de organización sindical de los trabajadores, es la negación y abrogación práctica de las principales banderas del movimiento de 1910. Los miles de empleos que se supone se estarían creando en este momento al amparo de esta ley, se han traducido en cinco millones de desempleados y en un incremento del empleo informal o precario sin precedentes en el país.

La reforma educativa, en su aspecto formal y aspiracional (educación pública de calidad para todos) es lo más cercano al programa educativo de la Revolución mexicana; sin embargo, la modalidad impositiva y antipedagógica de su instrumentación es lo más parecido al autoritarismo porfiriano de hace más de un siglo, donde la divisa era “la letra con sangre entra”.

Ni soñar en 1910 con el mundo revolucionado por las telecomunicaciones y la convergencia tecnológica de nuestros días. Pero sí con un método para hacer negocios en este ámbito y para prestar un servicio de interés público. El camino es emparejar el terreno del juego, y un servicio de calidad con precios justos para los usuarios. De lo primero, la reforma Telecom dio pasos ciertos. De lo segundo, en cambio, hay una incertidumbre creciente.

Junto con la reforma laboral, la fiscal y la energética son lo más nugatorio y contrario al programa de cambios de 1910. El fisco diseñado por los constitucionalistas de 1917 estaba basado en la austeridad del gobierno, en la proporcionalidad de las cargas y en la distribución de la riqueza nacional. Nada que ver con el cuasimodo fiscal que procreó San Lázaro hace unos días. Por otra parte, en materia energética, la contundencia de los revolucionarios de 1910-1917 no deja lugar a dudas sobre el espíritu y la letra de sus mandatos: soberanía de la nación sobre sus recursos naturales, y manejo eficaz y honesto de los mismos por parte del Estado.

Por último, pero no lo último, tenemos la reforma político-electoral.
Hay más trascendidos que certezas sobre su contenido. Su principal acierto es que busca acotar el regreso de la presidencia imperial y de las gubernaturas virreinales en el país. Su principal defecto es que busca hacerlo desde la partidocracia y no desde la ciudadanización plena de la política.

Con tres reformas abiertamente contrarrevolucionarias y tres reformas tímidamente reconocibles en los postulados más avanzados de aquella época, podemos concluir que el activismo reformista del actual gobierno “ni es revolucionario ni es reaccionario, sino todo lo contrario”. Una especie de gatopardismo a la mexicana: más revolcado, pero es el mismo gato de siempre.

@ricardomonreala

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.