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Miércoles , 12.12.2018 / 01:59 Hoy

Antilogía

Ni policía migratoria ni válvula de escape

Ricardo Monreal Ávila

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La migración es consustancial a la globalización.

Es un error de las políticas económicas neoliberales promover el libre intercambio de capitales, bienes y servicios entre las naciones, y pensar que detrás de ellos no irán las personas, los trabajadores y sus familias.

Cuando entró en vigor el TLCAN 1.0, en 1994, se dijo que la migración mexicana a Estados Unidos de América se detendría, porque ahora vendrían a México las empresas y los empleos que los compatriotas iban a buscar allá. Sucedió exactamente lo contrario.

Llegaron las empresas y los empleos del libre comercio, pero los trabajadores mexicanos nunca obtuvieron los sueldos y salarios por realizar aquí el mismo trabajo que los estadunidenses y los canadienses hacen allende las fronteras. La política de contención salarial se convirtió, inhumana y antieconómicamente, en la principal “ventaja competitiva” de México. Por ello la migración se disparó.

Además, sufrió una mutación: junto con el clásico migrante pobre del campo empezaron a emigrar jóvenes de la ciudad con niveles de escolaridad medio y alto, profesionistas, amas de casa y hasta niñas y niños no acompañados que iban en busca de la madre o padre migrante.

Hoy tenemos una crisis humanitaria en la frontera sur, provocada básicamente por la violencia y la pobreza que azota a los países del llamado “triángulo del norte” en Centroamérica, especialmente Honduras, atizada por una coyuntura política: las elecciones intermedias en Estados Unidos de América y la lucha opositora en Honduras, entre el Partido Libre y el Partido Nacional.

México se encuentra entre la espada y la pared en esta coyuntura, con una implicación o desafío político para el gobierno entrante. ¿Qué hacer?

Antes que nada, no caer en la tentación de reprimir o encarcelar a la caravana migrante. Es decir, no criminalizarlos. México dispone de mecanismos institucionales para ofrecer refugio y asilo a las y los migrantes centroamericanos que así lo soliciten.

Ampliar el programa de visas de trabajo ya existente, para que los centroamericanos laboren en tareas del campo o en el sector servicios de manera segura, legal y regular. Y aunque la mayoría de ellos van por los dólares americanos, no tras los pesos mexicanos, este programa ayudaría a contener y ordenar la presión migratoria en la frontera sur. Es algo que ha venido ofreciendo el presidente electo AMLO.

También, dejar bien claro a Washington que, en lugar de pedir a México que se convierta en un “tercer país seguro”, que le maquile la seguridad fronteriza en el Suchiate, la solución de fondo es impulsar a Guatemala, El Salvador y Honduras como “primeras naciones seguras”, con un programa regional de cooperación económica para el desarrollo y fortalecimiento de sus instituciones de seguridad, a fin de que las personas hagan su vida en sus lugares de origen, sin las amenazas de la violencia y la pobreza.

Ahora bien, si en la caravana vienen grupos con antecedentes criminales o que representen una amenaza para la seguridad nacional y continental (terroristas, tratantes de personas, traficantes de armas, drogas, dinero, etc.), México debe detenerlos inmediatamente y entregarlos a la justicia. Pero solo a ellos, no a toda la caravana.

En síntesis, nuestro país debe actuar soberanamente: ni ser el policía fronterizo de terceras naciones, ni la válvula de escape de países que han hecho de la migración su modus vivendi económico.

ricardomonreala@yahoo.com.mx
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