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Domingo , 24.06.2018 / 05:57 Hoy

Perspectiva Jurídica

El discurso del silencio

Ricardo Cisneros Hernández

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El Museo Arocena exhibe actualmente una muestra de la obra de la pintora lagunera Mónica Fernández, conformada con los trabajos más representativos de la artista. En todos, las protagonistas son niñas o mujeres jóvenes cuyos rasgos más significativos son la belleza especial de sus rostros, la profundidad de sus miradas, a veces tristes y otras enigmáticamente esperanzadas, y la riqueza de los escenarios que las rodean.

En todas las pinturas son visibles el dominio del dibujo, la maestría en el manejo de los colores y la armonía de la composición. Y no obstante, que lo representado son objetos concretos: niñas, mujeres, árboles, pájaros, flores, telas estampadas y hojas de periódicos, las pinturas no son copias de la naturaleza, sino frutos delicados del mundo interior de la artista capaces de producir en los espectadores una gama de emociones estéticas y espirituales.

Hace tiempo aprendí que la característica de las verdaderas obras de arte es la capacidad que tienen para comunicar sus mensajes en diversos niveles que se adaptan al grado de sensibilidad y conocimientos de quienes las ven, escuchan o leen. De tal manera que a cada uno nos hablan en nuestro lenguaje, pero siempre nos impulsan a escalar un nivel superior.

Esa cualidad se ha perdido en buena parte de la pintura contemporánea que está subyugada por la abstracción, la pretensión de sintetizar en un lienzo doctrinas filosóficas o concepciones religiosas y por la crítica especializada que dice ver y comprender en ella lo que nadie más entiende, y para explicar la obra encasilla al artista en escuelas o corrientes. Eso ha provocado que las pinturas dejen de impactar, conmover y enseñar por sí mismas y que para experimentar esas sensaciones requiramos leer un manual o asistir a un curso.

Por el contrario, la obra, sólo en apariencia sencilla e ingenua, de Mónica Fernández tiene la cualidad mágica de conducirnos por medio de la belleza para todos accesible e inteligible de los mundos poblados de imágenes ocultas que son sus pinturas, a nuestro propio mundo interior para que desde ahí nos veamos con la mirada triste y esperanzada de las niñas de Mónica Fernández, y encontremos las respuestas a nuestras preguntas. Como ella que dice: “En mis pinturas, todas las mujeres soy yo procurando sostenerme como una persona independiente, coherente conmigo misma.”

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